martes, 14 de abril de 2020

Una gran mujer

Había querido muchísimo a mi mujer y no porque fuera mi mujer; ella siempre fue una gran mujer de la cabeza a los pies. Cuando Carmen murió todo mi mundo se desplomó.
Nos conocimos muy jóvenes y decidimos labrar un camino juntos. Lo di todo por ella, por cuidarla como merecía y agradezco los años que pasó a mi lado.
Cuando transcurría el año mil novecientos ochenta y cuatro nació nuestra pequeña Julia. Al principio fui reacio porque deseaba un niño, ya sabéis, las niñas hay que protegerlas con más cuidado. Ya nunca llegó otro hijo y no quedó otra que aceptarlo. Nos costó, pero al final lo superamos.

Trabajaba de empresario en una mediana empresa y ella era auxiliar de enfermería en una residencia. Poco a poco la convencí de que con mi sueldo bastaba para que viviéramos bien los dos y así ella podía dedicar más tiempo a la pequeña. En ocasiones soñaba demasiado y creía que ella podía gestionar una pequeña empresa ¡Como si hubiera cursado estudios para eso! Pobrecilla ella.
Carmen fue una gran mujer y aunque en ocasiones sufriéamos baches en la relación conseguíamos superarlos. Hubo una temporada que le dio por ir a tomar café con las solteronas y las viudas.¡Como si no tuviera marido en casa! Y ahí llegaban las disputas. Llegaba de trabajar y no estaba la comida en la mesa y las tareas de la casa permanecían desatendidas. Era una situación insostenible que no podía permitir. Entre los cafés con esas brujas y las clases de pintura se olvidaba de lo realmente importante: su marido, su familia y su casa. A mí, que nunca me había faltado un buen plato de comida caliente.
Siempre fui un caballero con Carmen, la traté con respeto allá donde fuera. Casi todos los domingos la sacaba a algún restaurante o a algún evento social para que estuviera contenta. Lo pasábamos realmente bien. Nunca fui de aquellos hombres que dejan solas a sus mujeres para que les pase algo malo. Allá donde iba yo me acompañaba incondicionalmente.
Alrededor de la mitad de mi sueldo era para ella y a decir verdad lo gestionaba muy bien. Le daba para pagar religiosamente todas las facturas de la casa, los víveres y demás cosas básicas, nimiedades del día a día. No era una mujer de esas caprichosas, egoístas y derrochadoras que solo piensan en ellas mismas. Por mi parte me encargaba de las gestiones importantes y difíciles como qué resultaba más interesante comprar, a qué dedicar el tiempo libre y las proyecciones de futuro.
Un día comentó que se le había ocurrido la idea de realizar trabajos de costura en casa, y claro, le quité rápido esa idea loca. En sus años mozos aprendió el oficio de la costura para sobrevivir, pero en aquel momento con la niña y todos los quehaceres en el hogar resultaba totalmente inapropiado cuando era yo el que se encargaba de que llegara el pan a la mesa.
Comenzó a enfermar y estuve apoyándola en todo momento, no como Julia, que aparecía y desaparecía a su antojo. Al principio sufría pérdidas sanguíneas de mujeres cuando no tocaba. En el pueblo solo había un ginecólogo joven que cubría la baja de la ginecóloga de toda la vida que se había fracturado unos cuantos huesos. Era más apropiado esperar a que regresara la ginecóloga y así se lo comuniqué a mi mujer. Pasaron meses hasta que regresó, pero ya era tarde porque se ve que dijeron que había crecido mucho. Una pena Carmen. ¡Mi pobre Carmen!
Con lo buena mujer que era Carmen no sé qué sucedió con Julia. La educamos de la mejor manera que pudimos, pero ella no entraba en razones, siempre provocando y replicando. Con esa ropa horrenda y los labios rojo puta, por no hablar de las formas, nada refinada y nada complaciente. Vergüenza de hija sin proyectos de futuro. Decidió estudiar Bellas Artes, total, para estar trabajando en un mercadillo ambulante vendiendo figuras hechas por ella, unos cuantos harapos y unos cuadros feos firmados con la inicial C.
Espero que algún día sea una gran mujer como su madre, que no vaya con unos y con otros, que encuentre, con un poco de suerte, a un buen hombre como yo.



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