martes, 14 de abril de 2020

Borrones grisáceos

Serían las siete y media de la mañana de cualquier día laborable de otoño. Otra vez más procedía a pasar la tarjeta del bus para acudir a su puesto de trabajo. Media hora. Mas bien casi tres cuartos de hora que daban para mucho y para nada. No podía ni leer ni mirar la pantalla del móvil ya que al cabo de unos pocos segundos se mareaba y las nauseas aparecían, no obstante, cada cierto tiempo probaba a leer o a contestar algunos mensajes con la vaga ilusión de que los mareos en los vehículos hubieran desaparecido de la noche a la mañana por obra y gracia del espíritu santo.
Así era como se percataba otra vez de que los mareos y las náuseas seguían ahí y se prometía que esa sería la última vez que volvería a probar suerte.

El trayecto que llevaba años tras años realizando fue variando en la forma de percibirlo, el trayecto el mismo, la interpretación diferente. Los primeros años recordaba que miraba constantemente hacía el suelo para no cruzar la mirada con nadie, una adolescencia tardía era la culpable de esa vergüenza excelsa, por lo que en aquellos tiempos apenas pudo retener ningún dato visual de la realidad que la envolvía. Los siguientes años no es que fueran mucho más provechosos, el tedio constante y su caracter asocial solo le invitaron a escuchar música con los cascos a todo volumen y mirar por la ventanilla con la mirada perdida al infintio.
Al final llegó el día en que porfín comenzó a verle las caras a los conductores y las personas que se iban subiendo y bajando en las diferentes paradas. Sucedió de golpe. Pasaron de no estar a estar. Antes percibidos como borrones grisáceos adquiriron colores intensos. Sucedió así de golpe, como si de un anuncio de detergentes para ropa de color desgastada se tratara.

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