jueves, 19 de septiembre de 2013

El credo acatólico

Creo en el Big Bang todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
Creo en omnis cellula ex cellula
nuestro aforismo.
Que fue expuesto por los científicos
Schleiden, Shwann y Virchow.
Nació del caldo primordial
padeció bajo el poder de la tormenta eléctrica
dando lugar a la primera célula.


martes, 17 de septiembre de 2013

Alba



No sonó el despertador, o si sonó, su sistema límbico lo obvió. Llevaba tiempo que le ocurría eso, mañana tras mañana, no oía el despertador o no lo quería oír, e incluso había días en los que se levantaba de la cama, lo apagaba, volvía a acostarse y luego no recordaba que ella misma lo había apagado. Así comenzaban los días de Carmen. Se despertaba cabreada con el mundo, pero luego el malhumor daba paso a la desidia, compañera que se quedaba a su lado durante todo el día hasta que conseguía conciliar el sueño.

Carmen. Un nombre de dos sílabas, seis letras; de ellas, dos vocales y cuatro consonantes, palabra llana. Nombre propio femenino que en su origen latín significa canto, música, poema, conjuro o hechizo. Sus padres estuvieron a punto de llamarla Alba, ese momento del día desde que empieza a aparecer la luz hasta que el Sol se deja ver en el cielo. Se alegraba de que no la hubieran llamado así, ya que Carmen no veía la más mínima luz en su vida, mucho menos el Sol, el nombre de Alba no le hacía justicia. Tampoco el de Carmen, en aquellos momentos prefería haberse llamado Angustias o Dolores. 

Así eran sus mañanas, y sus días transcurrían sin pena y sin gloría, pareciendo cuerda, pero sin serlo. Hace mucho tiempo era una chica muy jovial y risueña, quizás por eso no le costaba mucho sonreír, aun cuando en realidad en su interior lloraba, con el fin de no preocupar a la gente que le rodeaba. Cada vez salía menos, se inventaba diferentes excusas para evitar socializarse. Conforme pasaba el tiempo le resultaba más difícil el trato con los humanos, poco a poco iba reduciendo su campo de actuación, la pasividad se apoderaba de su ser. Desconfiaba de todo, incluso de ella misma. Su familia y amigos estaban allí para lo que hubiera necesitado, pero no quería verlo, solo veía lo malo, lo egoísta, lo mezquino, lo tedioso, lo ruin de esta vida. Se sucedían los días y veía cada vez más situaciones deplorables, matando poco a poco la ilusión por vivir y los sueños. Vivía en el pasado, para ser más exactos, concretamente en lo malo del pasado. El futuro era algo oscuro, inquietante, pensaba que no valía la pena, que estaba condenada al fracaso y también la humanidad. No encontraba un por qué, ya no sabía ni quién era, ni a qué axiomas acogerse. No se ubicaba en el mundo.

A veces se preguntaba cómo había llegado a esa situación, o cuál había sido el detonante del círculo vicioso de la tristeza, pero no encontraba respuestas a sus preguntas y eso la sumergía aún más en la abulia. Se olvidó de perdonar, de enterrar el hacha de guerra, y el odio la consumía por dentro, la iba destruyendo poco a poco, incapaz a su vez de perdonarse  por errores que había ido cometiendo a lo largo de su vida y también de los que pensaba que estaba destinada a cometer. Se olvidó progresivamente de las reglas del juego de la vida, del trato entre los humanos, cualquier conversación le parecía absurda, carente de sentido y relevancia. Buscaba la soledad. Sus días eran oscuros, dejó de tener días luminosos. Muy esporádicamente tenía momentos de luz. La oscuridad cada vez tenía más fuerza y debilitó por completo al ser alegre que se alojaba antaño en Carmen, y las ideas fugaces de querer desaparecer de este mundo fueron más asiduas, hasta que no hubo día que no se preguntará que qué hacía en este mundo aún. No sabía por qué luchar, cuando en realidad Carmen siempre había sido luchadora, y tenía muchísimas cosas buenas por las que lidiar y esforzarse, pero las tinieblas no le permitían verlo.

Ya no podía más, quería desaparecer, sus pensamientos de volatizarse le seducían cada vez más, para ella esa era la única solución, el suicidio era la salvación, la nada. Pensaba que era la única forma de dejar atrás la tristeza que tanto tiempo la había acompañado, de superar las incoherencias e injusticias del mundo, flotar en la nada era su mayor deseo, no pensar, no existir. El paraíso del que muchos hablaban debía de ser eso. Carmen deseaba abandonar el mundo, dar término a su vida, pero no podía dar el paso de la teoría a la praxis. Había algo o alguien que se lo impedía. Una noche se adentro en el límite, dispuesta a dar el paso entre la vida y la muerte. Lo tenía claro, era una decisión tomada con bastante anterioridad, sabía que esa noche fría de invierno sería la última. Se disponía a escribir sus últimas palabras, la interacción final unidireccional por parte de ella, ya había pensado en otras ocasiones, en las que rozó el límite, cual serían. Lloraba, como solía hacerlo siempre, a veces en silencio y otras sollozando ruidosamente.

Carmen, que tenía claro que quería desaparecer, aquella noche gélida de invierno perenne, no llevo a cabo su cometido. No logró viajar a la nada. Esa noche no pudo, ni ninguna otra.
Fue el punto de inflexión, a partir de ese día, de forma muy lenta y laboriosa, permitió que la luz fuera entrando en ella. Al principio fue muy duro, ya que había más horas de oscuridad en el día que de luz.  Progresivamente fue recuperando la motivación, la esperanza y los sueños, tras años de esfuerzo, la luz inundaba su vida.

Una vez recuperada, una tarde de verano se envalentonó y abrió una caja de madera en la que guardaba lo que escribió en aquellos tiempos de sombras, estuvo leyendo horas y horas, le resultaba muy lejano aquellos escritos, con los que ya no se sentía identificada. Destruyó todo lo que había creado cuando se hospedaba en la oscuridad, lo único qué conservó fue el siguiente fragmento:
“Os hablo de los días negros, desde que  amanece hasta que anochece. Abres los ojos por la mañana, al despertar, aún en la cama, y no encuentras un motivo para salir de ahí. Lo hubiera dejado todo, hubiera desaparecido para formar parte de la nada. Pero no pude. Cuando me disponía a abandonar el mundo, de forma fugaz, en mi mente visualizaba su rostro al enterarse del final fatídico de mi decisión y se rompía mi alma. Sin yo quererlo, allí estaba ella, llorando desconsoladamente con su rostro triste y sumergida en la oscuridad, ¿cómo podía llevar a cabo tal tropelía? ¿Cómo podía dar término a mi existencia? ¿Cómo podía hacerle eso a la persona que había dado todo por mí? ¿Así se lo iba a agradecer, suicidándome? Sí, la veía a ella, y sabía que no podía hacerle eso, al ser que me había dado la vida, la que me quería aunque yo muchas veces no supiera verlo, la que había luchado por mí desde el día que nací, e incluso antes, cuando la sociedad y la familia le decían que lo mejor es que no me hubiera parido, la que sacrificó su vida para darme un futuro en este mundo de injusticias, la que hiciera las cosas mejor o peor siempre estaba allí para darme ánimos, la que me decía que aprovechara el tiempo, ya que era lo único de que lo que disponía en esta vida, ¿cómo podía hacerle eso a esa mujer? ¿Cómo podía hacerle eso a mi Madre? Quizás nunca llegue hasta a ti esto, pero no solo me diste la vida, también impediste que me fuera de ella, y  me proporcionaste el camino para llegar a la luz”

Carmen guardo este fragmento en un sobre de pequeñas dimensiones, y puso en la parte anterior del mismo lo siguiente:
“Para los días en los que nada tiene sentido, días en los qué no sabes por qué estás donde estás y para qué, en los que el peso de la Tierra lo llevas sobre tus hombros”

Ha pasado mucho tiempo desde esa tarde, en la que conservó ese fragmento de lo que escribió cuando aún estaba recuperándose de la tristeza que un día fue la dueña se su vida, está donde lo dejó ese día, en el primer cajón de la mesita de noche de su habitación. La etapa oscura de Carmen ocurrió cuando tenía veintitantos años, ahora tiene treintaitantos y es madre de una niña llamada Alba. No sé si lo sabrás, pero Alba es amanecer, el despertar del día, el momento en el que empieza a aparecer la luz.