miércoles, 31 de diciembre de 2014

Quietud imperturbable

Palabras calladas, momentos robados,
besos extraviados, sueños incautados,
abrazos expoliados, bríos requisados,
sonrisas perdidas, corazones helados.

Presencia ausente, carcajada inaudible,
sonido en silencio, respiración expirada,
movimiento en quietud imperturbable.
Caminos rotos en existencia despojada.
                   

martes, 30 de diciembre de 2014

Rejas

 Se disponía a dormir justo a media noche, justo como lo llevaba haciendo desde hace meses, sin apenas variación en la forma y en la hora. Pensó qué haría al día siguiente y la desazón apareció para mostrarle la insustancialidad de su existencia. Mañana realizaría lo mismo que hoy, que ayer, que antes de ayer, y así hasta varios meses. Sin apenas modificaciones en el itinerario de su vida.

 La vida que llevaba empezaba a saturarle, horarios, hábitos y costumbres lo enjaulaban. Una reja invisible e imaginaria le impedía realizar un itinerario diferente al establecido. Sabía que él mismo era el que construía esas barreras y a su vez, quien poseía las herramientas para destruirlas. No obstante, no conseguía liberarse. Tampoco era tan sencillo, ya que esas costumbres no le incumbían a él solo, si no que iban ligadas a diferentes personas a las que no quería defraudar. Por un lado estaba el sentimiento de asfixia del que quería desprenderse y por otro lado, el de no causar dolor a terceros.

En realidad todo eran excusas para no afrontar cambios. A la persona que más defraudaba era a si mismo.

 Deseaba trasladarse un tiempo a otra ciudad, romper hábitos fuertemente arraigados. De esos en los que no sabes exactamente porqué haces lo que haces pero finalmente lo haces, sin cabida a introspecciones que analicen los actos llevados acabo a lo largo del día. Unos cuantos días de esos no resultaban dañinos, pero cuando se convertían en norma, le angustiaban y le oprimían. Sentía que no era él quien controlaba el contenido de su existencia.

 Lo de ir a otra ciudad lo seducía, era la opción más fácil. Pero era consciente de que tal vez le ocurriera lo mismo en esa otra ciudad, y qué decir de la ciudad de origen... Al regresar estaría todo prácticamente tan arraigado como antes. No eran tan solo sus propias raíces, se les añadía las raíces de aquel lugar. Nadie le imponía aquellos hábitos, era él quién no se sublevaba contra ellos.



Caída a la Tierra

 Siempre había vivido en la Luna, pero desde hace un tiempo vive en las nubes, va saltando de una nube a otra, a ver cual es más confortable. No quiere tocar el suelo, piensa que si lo hace caerá sobre arenas movedizas que se encargarán de introducirlo en las profundidades o tal vez caerá en el cráter de un volcán cuya lava lo reducirá por completo.


 Hasta hace no mucho, vivía en la Luna, pero tras un terremoto de alta magnitud descendió y fue a parar a una nube muy agradable que le dio cobijo una larga temporada. La nube le advierto de que ese no podía ser su lugar de residencia, ya que las nubes con las variaciones de tiempo pueden trasformarse en lluvia, granizo o nieve, por lo que no era un lugar seguro para un ser de esas características. Al final entablaron cierta amistad y la nube le informaba de como podía seguir viviendo en las nubes sin el miedo de que se desvanecieran al seguir su sino. Cuando viera que el tiempo era el propicio para que la nube variara de estado, tendría que dar un salto para alcanzar otra nube más estable. Un día de invierno, la nube que le había dado un lugar placido en el que vivir, se despidió. "Ahora tendrás que saltar y recordar las cosas que te he enseñado. Esto no es una despedida, recuerda que algún día volveré a ser nube". La nube comenzó a llorar lágrimas de lluvia. 

 Y así fue como empezó a saltar de nube en nube, con algún susto que otro, ya que al principio no las conocía tanto. El viento jugaba un papel fundamental a la hora de saltar. Las nubes son compañeras de viaje del viento, ya que cuanto el viento sopla más fuerte en una dirección las nubes bailan a su son. Cuando saltaba, tenía que comprobar primero hacía dónde iba el viento e ir en el mismo sentido que él, de esa forma resultaba más fácil lograr alcanzar la nube vecina.

 Un día tenía que dar un salto realmente difícil, comprobó el sentido del viento, cogió carrerilla y se dispuso a saltar a la siguiente nube. No la alcanzó. De repente se vio alcanzando alta velocidad en dirección a la Tierra. No quería llegar allí, se preguntaba por qué no estarían al revés la Tierra y la Luna y así poder volver a su hogar.

 Al despertar vio el cielo azul con alguna que otra nube más arriba. Volvió a cerrar los ojos, no quería mirar hacía los lados, no quería saber como era la Tierra y si había un cráter o arenas movedizas por ahí cerca. Tras un rato de reflexión se armo de valor y miró.

 Todo era muy blanco, le resultaba familiar y acogedor. Se incorporo y fue a explorar ese lugar. Empezó a correr en busca de algo más que la blancura absoluta.¡Casi se cae por un precipicio! Se asomó por el extremo a ver qué había ahí abajo y comprobó que lo que se situaba a lo lejos era la Tierra. Estaba perplejo, pensaba que estaba en la Tierra, no que en su caída había aterrizado en una nube más baja. Exploró la superficie de la nube, no era ni muy grande ni muy pequeña, el problema residía en que era una nube solitaria. No se atisbaba ninguna nube más, no podría saltar de ella a otra. Solo se le ocurrió una idea, seguir viajando con la nube hasta el día en que se trasformara, quizás en ese período de tiempo alcanzarían a otra nube a la que poder saltar o caería sin más remedio a la Tierra. Ahora, quedaba más cerca que antes, la caída no sería tan dolorosa. Pero a él no le daba miedo la caída. Lo que lo aterraba era lo que podía encontrar allí abajo.

 Viajaba con la nube, y sabía que no le quedaba mucho tiempo. Tampoco veía ninguna nube alrededor. Se durmió ensoñando que al despertar del siguiente día el cielo estaría repleto de nubes a las que poder saltar. Y en efecto así fue, al despertar vio un cielo con nubes muy altas, pero no exactamente como lo había soñado. Se sorprendió al ver que no había dormido sobre una nube. Esta vez sí que estaba en la Tierra, pensó que lo más probable sería que mientras la noche anterior estaba durmiendo, la nube se transformó y él cayó. Estaba empapado. La última nube en la que había estado era muy baja, por eso no se percató de cuando aterrizo en la Tierra. Para su sorpresa, no sentía el miedo atroz que antes se apoderaba de él cuando pensaba que estaría ahí. Dio una vuelta alrededor de si mismo mirando hacia el horizonte. Por ningún lado veía nada que le provocara temor.

Comenzaba una nueva etapa, esta vez, en la Tierra. Quizás no era tan mala como él la había imaginado o tal vez sí, pero le daría una oportunidad para conocerla mejor. Miro un riachuelo que se situaba a escasos metros de él. Ese riachuelo algún día formó parte de los cielos. Si la Tierra no le convencía o resultaba inhóspita, algún día volvería a viajar entre las nubes hasta alcanzar la Luna.

Crispación

- He notado que estás distante conmigo.¿A qué se debe tu lejanía?

- Quizás sea por que últimamente, cuando hablas, me crispas, no sé si es porque siento algo de animadversión hacia ti o porque eres algo estúpido. O quizás, una combinación de ambas.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Escalas

 Hay escalas para clasificar los sentimientos en función de la intensidad y la frecuencia con la que se presentan. Son escalas subjetivas, el propio individuo es el que sitúa las emociones o sentimientos en un escalón u otro.


 Nadie puede situarlas por otra persona, es uno mismo quien conoce el umbral superior e inferior para intentar medirlas. Bueno, sí, externamente se puede medir, pero sería la percepción de un "otro" no de un "yo". No obstante no son escalas inmutables, ya que van cambiando en función de lo que uno vive y como lo interpreta. A veces esas escalas se alteran, pudiendo quedar anestesiadas o desbordadas.

 Sentimientos como alegría, tristeza, sorpresa, miedo, amor, odio, entusiasmo, desánimo, admiración, ofuscación, dolor... van conviviendo y a veces algunas prevalecen sobre otras.

 Las escalas están siempre remodelándose y en muy poco tiempo dos de las más importantes en mi vida se han visto desbordadas, la de la alegría y la del dolor. Primero fue la de la alegría, que rompió todos los esquemas previos que tenía, lloré y lloré, no podía parar,no sabía porqué lloraba, no estaba triste, al contrario, me sentía feliz y afortunada, eran lagrimas dulces, había olvidado a qué sabían si es que algún día lo supe.¡No sabía que se podía sentir tanta alegría! Al recordar ese desbordamiento se me escapa una sonrisa.

 Al tiempo, unos cuantos meses después, llego el dolor, un dolor jamás sentido antes. Hubo lagrimas. y habrá más, pero no siempre las hay. Sin embargo el dolor sí que está ahí.¡No sabía que se podía sentir tanto dolor! A veces más latente y otras de forma más manifiesta. Forma ya parte de mi ADN. Lo que más duele no es el dolor en si, es la causa de ese dolor. Evito recrearme en el sufrimiento, ya suficiente hay con que dolor se encargue de aparecer cuando quiere.

 Supongo que esas escalas subjetivas sufrirán modificaciones hasta el final de la vida, aunque hoy prevalezca el dolor sobre los demás sentimientos, algún día el dolor se minimice y sea un sentimiento positivo el que se instale una temporada larga. Nunca se sabe cuando se podrá sentir más dolor, alegría, miedo, amor, odio, ofuscación, admiración...






miércoles, 17 de diciembre de 2014

Democracia me llama hacer el pueblo

Democracia me llama hacer el pueblo,
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
somos iguales, algunos más que otros;
siempre queda algún jodido cerdo.

Yo pensé que no hallara democracia,
y el pueblo grita con vehemencia:
más democracia real, suceso inevitable,
no hay cosa en los cerditos que me espante.

Por la democracia estoy luchando,
y parece que algo esta cambiando,
pues está el pueblo despertando.

Ya estoy en el proceso, y aun sospecho;
que voy a los cerdos acorralando
contad con el coraje, y está hecho.

martes, 9 de diciembre de 2014

Enajenación

La enajenación es vital para no perder la cordura. A día de hoy más que nunca lo es. De cualquier tipo, incluso la más simplona y burda. Enajenación a raudales sin filtros, todo lo que sea enajenación bienvenido sea.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Pesadillas reales

A veces ocurre que las pesadillas se hacen realidad, y no sabes si vives en la realidad o estás a punto de despertar de un mal sueño. Tu olor se disipa. Todo mi alrededor me informa cruelmente de que no estoy soñando. Han pasado un par de semanas reales, pero la percepción del tiempo es subjetiva, se ha ralentizado, los días se eternizan con tu ausencia. No sé cómo describir el dolor, no sé localizarlo, diría que lo que me duele es el alma. Es un tipo de dolor agudo y crónico. Me duele y me seguirá doliendo. Sabía que la vida no era justa, pero para lo sucedido se queda corta esa expresión.

Científicamente es imposible que vuelvas, pero hay algo que me impide ver la cruda realidad. Mi cabeza no puede ni pensar que te has ido para siempre, el dolor se agudiza hasta hacerse insoportable.

Sé que tengo que ser fuerte, y lo seré. Pero no puedo dejar de preguntarme qué mierda de vida es esta.

Me duele mi dolor, el de nuestros padres, el de las personas que te han querido y ya no te tienen a su lado. Pero lo que más me duele eres tú. Que la puta vida te haya privado de más vida. Que ya no tengas más tiempo para lograr tus sueños, ni para deleitarnos con tu presencia.

Tengo claro que la muerte es un suceso inexorable, a todos nos llega tarde o temprano, a todos nos comerán los gusanos en el cementerio, pero eso no alivia mi dolor.

El dolor es continuo con exacerbaciones durante todo el día. El momento paroxístico del dolor es por las mañanas al despertar. Empiezo a dar vueltas por la cama, los sonidos llegan a mí debilitados, el piar de los pájaros, el sonido del tráfico, el hablar de la gente, y poco a poco van adquiriendo más fuerza. Despierto y soy consciente de que no estoy durmiendo, que es real que ya no estás aquí.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

¿Qué es la felicidad para ti?

Para todos es estar alegre.

Para algunos es abrir la mente a sentirse afortunado.

Para cualquiera es amar y ser amado.

Para el universitario es gritar de alegría tras aprobar un examen.

Para el enamorado es besar a su amada.

Para el emigrante es reencontrarse con un hermano que hace mucho tiempo no ve.

Para el humorista es ver que la gente se ríe de sus chistes.

Para la madre es ver a su hijo llorar al nacer.

Para el hippie es ver cumplidos sus sueños de libertad.


                                                                                                    M.A.E.T

martes, 25 de noviembre de 2014

Junto al romero

Era una tarde tediosa. No sabía qué hacer con mi vida. De repente miré en dirección a la estantería y se me ocurrió abrir el álbum de fotos de cuando era niño. Parecía una buena idea para evadirme del hastío. Viaje al pasado. Sonaba bien… lo tenía bastante olvidado, no había abierto aquel álbum desde hacía quince años o más.

Decidí cambiar una tarde tediosa por un viaje al pasado con sus alegrías y sus penas. Las fotos del álbum más o menos iban ordenadas cronológicamente, no pude evitar ver las fotos de cuando era bebé con la pilila al aire, a día de hoy se apodera de mí el pudor al verlas. ¿Por qué nos hacen esto de pequeños? Pasé rápidamente las primeras páginas en las que estaba con la pilila al aire y también pasé las de mi hermano. Fui a las páginas en las que nos vestían decentemente –por lo menos nos vestían–.

Había una foto que me encantaba, mi hermano y yo en el carrito. Él acostado y yo apoyado en la parte de detrás del carricoche. Vi otra en la que aparecíamos con nuestros abuelos y nuestros padres, mi hermano tenía ahí cinco años y yo seis. La calidad técnica de la foto no era muy buena, por no decir que era pésima, pero el alma me vibró al verla, la calidad emocional era inmensurable. Mi hermano aparecía con una cicatriz al estilo Harry Potter en la frente, mis padres con la vestimenta ochentera, mi abuela con la permanente y mi abuelo con su calvicie característica. Recordé el año en el que tenía seis años y mi hermano cinco… Hice un recorrido reviviendo lo que sentí y cómo percibí los acontecimientos de aquella época, a la edad tierna de seis años.

Nos pasábamos el día jugando, leyendo y peleándonos. ¡Qué tiempos! Los días daban para todo, ver los dibujos, ir al cole, hacer los deberes, leer, jugar, estar con nuestra familia, con nuestros amigos... Casi siempre estábamos en casa de mis abuelos, jugábamos, hacíamos los deberes… Mis padres trabajaban mucho y eran mis abuelos los que nos llevaban al cole y los que nos recogían. Después nos daban de comer, nos dejaban jugar y nos regañaban cuando montábamos mucho alboroto.

También nos llevaban al parque. Enloquecíamos, éramos dos bichos. Otras tardes nos llevaban de excursión al campo, donde nos pasábamos horas y horas contemplando el paisaje. Mi abuela cosía –su trabajo de toda la vida fue coser– y se dedicaba por las tarde a hacernos pantalones y camisas con retales que tenía en un baúl. Mi abuelo era calvo, de la calvicie que deja pelos en los laterales y que resulta tan cómica y entrañable.

Mis padres y mis abuelos vivían a treinta segundos, el tiempo necesario para cruzar la carretera que separaba las casas. Esos treinta segundos podían variar en función del tráfico. Muchas veces mi hermano y yo nos peleábamos, pero cuando uno se pasaba luego iba a pedirle disculpas al otro, no teníamos intención de hacer daño, solo jugar. Yo era un año y pico mayor que él, jugaba siempre con ventaja. Mi hermano era más enclenque y sabía que podía ganarle fácilmente.

Así pasaban los días, jugando, yendo al cole, haciendo los deberes, estando con la familia… en la nube de la niñez. Esos días eternos, en los que siempre descubrías algo nuevo y apasionante, donde la magia existía sin cuestionártelo. Cuando no eras consciente de las incoherencias de este mundo. ¡Qué tiempos!

Una vez al llegar a casa de mis abuelos mi hermano corrió por la entrada como un energúmeno y mis abuelos le regañaron al unísono. Al final tuvieron que ir a urgencias y ponerle doce puntos en la frente. Se había dado contra el borde de un escalón que separaba el pequeño salón del comedor. Le castigaron, pero a la semana ya estaba corriendo cada vez que entraba en casa con la energía que siempre le ha caracterizado.

La primera profesión que quiso mi hermano ser de mayor fue inventor. Se pasaba la tarde jugando con lo que pillara y cogiendo trastos que no tenían utilidad alguna, pero él se encargaba de buscársela. Muchas tardes de verano salíamos a tomar el fresco al atardecer al portal. Sacábamos sillas de casa y pasábamos ahí el rato. Como había una carretera entre las dos casas y la baldosa del portal no era muy amplia nos tenían prohibido utilizar pelotas o semejantes juguetes que se nos pudieran ir para la carretera en un despiste. 

Así que jugábamos a los coches que van para arriba y para abajo. Te explico el juego, era sencillo, pero nos entretenía y nos encantaba. Nos sentábamos en la silla al fresco y lo que teníamos justo enfrente era una carretera secundaria de doble sentido. El juego consistía en que mi hermano contaba los que iban para un sentido y yo los que iban en el otro. Uno elegía los que salían del pueblo y otro los que entraban.

Cuando la partida iba muy desigualada, por que uno contaba muchos coches y el otro pocos, ya que no podíamos controlar el tráfico, cambiábamos la dinámica. Pasábamos a contar los coches oscuros y claros independientemente del sentido y ganaba quien más coches contara.

A veces, con los grises teníamos discusión. El que iba en el equipo de los coches oscuros, lógicamente, lo veía oscuro y el que iba en el equipo de los coches blancos lo veía más blanco que negro. En esos casos necesitábamos a una persona imparcial, y nuestros padres o abuelos eran los encargados de decidir si ese color gris pertenecía al equipo de coches blancos o al de coches negros. Había más modalidades en el juego, otras veces en vez de jugar con el sentido o el color, nos fijábamos en la matrícula. La matrícula daba mucho de sí, podíamos jugar con los números, el final y principio de la matricula. Ese fue uno de nuestros juegos por excelencia de la infancia, sencillo y barato. No recuerdo tener muchos juguetes y los que teníamos los compartíamos mi hermano y yo. Utilizábamos el ingenio para divertirnos, era una buena alternativa a la falta de otros recursos.

Nos encantaba cuando llovía. Cuando paraba y salía el Sol mis abuelos nos llevaban de excursión por la rambla y el campo para coger caracoles. De camino a la rambla entonábamos la canción talismán para que los caracoles salieran:

–¡Caracol, col, col, saca los cuernos al Sol…! –nunca lo decíamos a la par, cuando uno había terminado, el otro iba entonando un «col». Lo que no sabíamos mi hermano y yo era dónde iban a parar luego los caracoles…

No solo íbamos a la rambla después de que lloviera, a veces comíamos en el campo o merendábamos por allí. Un día íbamos caminando los cuatro, mi abuela, mi abuelo, mi hermano y yo. Llevábamos unos quince minutos caminando, no sé cuál fue el motivo, si me quedé contemplando alguna piedra o algún bicho o simplemente paré para vaciar la vejiga, pero de repente me vi solo ante una bifurcación de la rambla. Entre ambos senderos había una elevación que imposibilitaba ver por qué camino habían proseguido con la marcha. No sabía qué hacer, no me acordaba de qué camino era el que solíamos coger. Corrí al de la derecha, avancé un poco por ese sendero, pero en lo que vi de ese camino no los encontré. Volví sobre mis pasos y me dirigí al camino de la izquierda. Avancé lo que consideré oportuno –para mi corta edad quince metros era una distancia prudencial para no asumir demasiados riesgos– pero tampoco los vi. Volví corriendo al inicio de la bifurcación con lágrimas en los ojos. Fueron escasos cinco minutos los que estuve solo, pero para mí aquello fue eterno. Al llegar a la bifurcación encontré a mi abuelo que estaba esperándome allí.

–¿Dónde te has metido, chiquillo?

–Me..me.. he perdido… –le contesté entre sollozos. Él se percató de que lloraba y estaba nervioso e intento tranquilizarme.

–No pasa nada, ya nos hemos encontrado. No le decimos a la abuela nada, que si no se cabrea, ¿de acuerdo? 
Yo asentí con la cabeza, pero seguía llorando.

–¿Ves esto?– dijo señalando la montañita de la bifurcación. Eso captó mi atención y dejé de llorar, pero aún hacía algunos pucheros.

–Esto que hay aquí de color verde, ¿sabes cómo se llama? –Negué con la cabeza, ya había dejado de hacer pucheros y él prosiguió– Esto es romero, ¿sabes para qué se utiliza?

–No, ¿para qué es?–ya casi no me acordaba de que me había perdido hacía tan solo unos minutos, quería saber qué era eso verde que mi abuelo me señalaba.

–El romero se utiliza para dar sabor a la comidas, cuando cocinas echas un poco de tomillo y la comida queda riquísima. Acércate más al romero, ¿es todo de color verde?– me acerqué más al romero para poder contestar a la pregunta.

–¡Oh!¡Oh!–exclamé mientras intentaba tocar el otro color que tenía el romero–¡También tiene morado! Abuelito, el romero es muy bonito.

–Ahora coge una ramita del verde.

–¿Pero… pincha?

–No, no. Tranquilo que no pincha, sin miedo muchacho. Su voz era tierna e inspiraba confianza en uno mismo. Cogí una ramita del tomillo, no me pinché y la levanté para que viera que la acababa de coger sin miedo. Él me sonrió.

–Ahora póntela en una palma de la mano, pon la otra encima y frota.

No sabía por qué tenía que hacer eso, pero obedecí.

–Ahora huélete la mano.

–¡Oh!

–Así hule el tomillo, ¿qué te parece?

–Huele muy bien –Le dije mientras sonreía.

–Si algún día vuelves a perderte en el camino, no pasa nada, nos vemos aquí, junto al romero. ¡Venga! Vamos rápido, a ver si pillamos a tu abuela y a tu hermano.

Por aquellos tiempos mi abuelo merendaba unos batidos en unos botecitos de colores, uno era rosa (fresa), otro marrón (chocolate) y amarillo (vainilla). Yo veía los botes y me llamaban mucho la atención. Estaban situados sobre la cómoda, en la parte posterior y con mi pequeña estatura era imposible conseguir uno.

Una tarde le pedí a mi abuela que me diera uno, pero ella se cabreó conmigo y me dijo que eso era del abuelo, que ni se me ocurriera.

Siempre me quedaba mirando los botes, esos colores me llamaban mucho la atención, hasta que un día se lo pedí probar a mi abuelo y él me dio uno de fresa. Estaba riquísimo. A partir de esa tarde muchas veces me daba la mitad del bote que se bebía. Probé el de fresa, el de chocolate y el de vainilla. Creo que el que más me gustaba era el de chocolate. Me confesó mi abuelo que a él no le gustaban los batidos y que no le dijera nada a nadie de que me dejaba probarlos, era un secreto entre los dos.

Los fines de semana mis padres nos llevaban a casa de una amiga suya, Antonia, que tenía un hijo un año menor que mi hermano. Nos encantaba ir allí. En esa casa había un montón de juguetes. Esa casa era el paraíso de cualquier niño, ¡había una habitación solo para juguetes!

De todo ese año, hay un par de días consecutivos que recuerdo bastante. Normalmente no se recuerdan muchas cosas de las que uno vive cuando es pequeño, pero hay cosas que se quedan guardadas para siempre en la memoria.

En uno de esos dos días que recuerdo más de lo normal, fueron a casa de mis abuelos mis tíos, mis primos y más familiares y amigos. Parecía un día de fiesta. Nos pusimos a jugar entre los primos. Fue una tarde entretenida, en la que no paraba de entrar y salir gente, media tarde fue para jugar y la otra para saludar. Hubo un momento en el trascurso de esa tarde que mis padres me llamaron para que le diera un beso a mi abuelo, en ese instante me dijo él "Se bueno" a lo que yo le contesté "Abuelito, si yo soy bueno". Seguí jugando con mi hermano y los primos. Al cabo de un rato volvieron a llamarme para volver a saludarlo. Me acerqué de nuevo a él, y le escuche: "Se bueno y pórtate bien". Mi contestación fue un "Sí, me porto bien".

Al día siguiente recuerdo que era temprano, nuestra madre nos vestía para ir al colegio. Una vez vestidos nos dijo que ese día no iríamos. Nos dijo que no había cole y que iríamos a comer a casa de Antonia, la amiga de toda la vida de mis padres, esa que tenía una habitación repleta de juguetes para su hijo. Mi hermano y yo nos emocionamos y nuestro rostro se iluminó. Salimos de casa para ir a casa de Antonia e inevitablemente vimos la casa de mis abuelos, ya que estaba justo en frente.

Pude ver en su casa muchas sillas de color marrón oscuro, cerradas, y colocadas de forma vertical en la fachada. Había visto eso antes, era pequeño, pero sabía que solo tenía que atar cabos para saber qué significaba. 

Recordé cuando había visto eso antes, mis abuelos nos llevaban al colegio y vi la misma estampa, una fachada tapizada en la parte inferior por sillas del mismo tono marrón. Sonó en mi cabeza la respuesta cuando les pregunté aquel día por qué había tantas sillas en aquella fachada, contestó mi abuela:

– «Fulanito de Tal» ahora está en el cielo.

Alguien había ido al cielo en casa de mis abuelos.

Siempre he sido muy prudente, creía saber lo que significaba, pero como mis padres no me habían dicho nada, opté por no mencionar mi deducción. Miré a mi madre, me di cuenta de que su rostro estaba triste y evitaba mirarme. Ella estaba llorando. Seguí callado. 

Una vez entendí lo que realmente pasaba, ya no tenía ganas de ir a la casa de Antonia a jugar. Mi hermano seguía entusiasmado, él no se percató de lo que ocurría. Llegamos a casa de Antonia. Fuimos a la habitación de los juguetes. No estaba su hijo, tan solo mi hermano y yo.

–¡Todos los juguetes para los dos! –gritó mi hermano nada más entrar– ¡Vamos!

Me quedé un poco más rezagado y escuché lo que le decía Antonia a mi madre:

–No te preocupes. Se pueden quedar aquí el tiempo que haga falta.

Estuvimos jugando, veía a mi hermano jugando feliz. Me resultaba raro, yo no tenía ganas. Tenía ganas de decirle que el abuelo había ido al cielo, pero no sabía cómo hacerlo, ni sabía exactamente qué sucedía cuando alguien iba allí y tampoco quería que mi hermano estuviera triste, como mis padres y yo.

Al mediodía Antonia nos hizo de comer patatas cocidas y salchichas. Puso cuatro platos en la mesa, para mi hermano, para mí, para ella y para su hijo, que acababa de llegar del colegio. Yo no tenía muchas ganas de comer. Mi hermano se cabreó porque las salchichas no eran exactamente las mismas que solía comer en casa de mis abuelos. Antonia se vio negra para que se las comiera.

No recuerdo más de ese día. Sé que a partir de ahí, de vez en cuando veía llorar a mi madre y a mi abuela. Mi hermano le hizo una pregunta a mi abuela al día siguiente de la comida en casa de Antonia, la pregunta que yo no tenía el valor de formular:

–¿Dónde está el abuelo?

 –Está en el cielo– contestó mi abuela sin poder evitar que la voz se le quebrará y se le escaparan unas lágrimas. La misma pregunta le hizo a mi madre y obtuvo la misma respuesta verbal y emotiva.

Al día siguiente mi hermano formuló la misma pregunta.

–Abuelita, ¿dónde está el abuelo?

–En el cielo hijo mío, en el cielo.

–Pero… ¿cuándo viene?– No hubo respuesta por parte de mi abuela.

Poco a poco, bajó la frecuencia de las veces que formulaba esa pregunta, tras la falta de respuesta, o respuesta como “va a quedarse allí mucho tiempo”.

Con el paso del tiempo aprendimos que el cielo era un lugar prohibido que no podíamos visitar y del que no se podía uno escapar. Ni nosotros podíamos visitar al abuelo ni el abuelo a nosotros. Pasó más tiempo y un día comprendimos el significado de la muerte. Y que el cielo del que tanto nos habían hablado no existía.


Cerré el álbum de fotos y moví la cabeza agitadamente para regresar al presente. La nostalgia se apoderó de mí. Un sentimiento agridulce, los buenos recuerdos entremezclados con los tristes. Por un lado la inocencia de la niñez y por otro la inexorable muerte.  

sábado, 8 de noviembre de 2014

Poesía

¿Qué es la poesía? Hoy la poesía no es nada. Absolutamente nada. Algo inútil, carente de sentido. Palabras que se lleva el viento... Una pérdida de tiempo y energías en algo infructuoso.
¿Qué es la poesía? Hoy es el sentido de la vida, sin poesía estaría muerto. Es la magia de la vida. Como el suceso extraordinario de la sopa primordial que dio lugar a los primeros seres vivos, el conjunto de biomoléculas que se fusionaron para dar lugar a un ser, así es la poesía. Una combinación de elementos primarios, las palabras, que se entrelazan para que nazca la vida en la forma más sublime. Poesía y vida son uno.

martes, 4 de noviembre de 2014

Una flor marchitó

En el mes de las flores
una flor marchitó
no la vi más por los lares
pero en mi corazón perduró.

Era una flor dura
sin escrúpulos
ni compasión.
Un día marchitó.

Mas yo amaba a esa flor
altiva, dura y arisca
sin atisbo de candor
áspera, borde y fría.

Mas yo amaba a esa flor,
que me vio crecer día tras día
siendo dura, blanda era por dentro
 y me arropaba cuando anochecía.

Mas yo amaba a esa flor
incluso cuando escupía,
savia como veneno
era lo que ella poseía.

Mas yo amaba a esa flor,
que historias a mi me contaba
el mundo me lo mostraba
y mientras yo escuchaba.

Mas yo amaba a esa flor
y ella apenas sonreía,
cariñosa no era
mostraba solo espinas.

Mas yo amaba a esa flor
que un día vi marchitar
el corazón se me heló
cuando ahí feneció.

¡Ay florecilla mía!
Ya no me arroparas más,
ni incluso en las noches más frías.
¡Cómo echo de menos tus espinas!

domingo, 26 de octubre de 2014

En busca de la mediocridad

No cuadraba. Nada de lo que los demás le decían resultaba conocido, además quedaba de loco al desconocer los conocimientos populares. Resultaban insulsos, mediocres y sin fuste. Pero por otro lado tenía que adaptarse.

Las ondas tenían que fusionarse para encajar, viajando a la misma velocidad, adoptando una misma amplitud y frecuencia. El proceso de socialización requería ser menos intransigente sin llegar a venderse del todo.

Debería dedicar muchas horas y esfuerzo para llegar a ser una persona normal, sin ser excéntrico. Bailando el son que todos bailan. Pero ¿dónde esta el punto medio entre la adaptación y ser marioneta? Esto ocurría siempre, con los familiares, amigos, relaciones laborales... Buscaba un equilibrio entre encajar mejor y no traicionarse a sí mismo.

Su objetivo sería buscar la mediocridad, lo había decidido. Hallar la cualidad de calidad media. Intentaría no ser tan quisquilloso, pedante e intransigente, pero sin llegar a olvidarse de lo que siempre le ha dictado su interior. A priori parecía una tarea sencilla, pero en realidad entrañaba serios peligros, olvidarse de lo que realmente quería.

Tenía claro que las personas cambiaban con el paso del tiempo, influenciadas por las vivencias propias y moldeadas por la actitud con la que afrontan los sucesos, no obstante también diferenciaba los cambios típicos con el paso del tiempo y la prostitución del alma según sople el viento. Tener claro en que aspectos de la vida podía ceder y en cuales no estaba dispuesto a hacerlo era el primer paso para alcanzar el estado de equilibrio.

A veces hablaba y pocas veces eran las que los demás le hacían caso, pasaban de él. Los demás siempre decían que era raro, que no se sabía por dónde iba a salir. Sin embargo, para él, los raros eran los demás, tan previsibles, con los diálogos ya formados, con las mismas conversaciones, sin apenas factor sorpresa ni transcendencia, con las mismas inquietudes y aspiraciones. Le apasionaban las personas peculiares, aquellas que ofrecían un punto de vista diferente, unas inquietudes y aspiraciones hasta entonces desconocidas.

No le gustaba los eventos multitudinarios, en los que había que sonreír mucho, si no la gente empezaba a preguntarle si se encontraba bien, esos eventos en los que la gente pregunta cómo vas, qué haces con tu vida, si te has echado ya novia, dónde fuiste de vacaciones el último puente...

Hace ya tiempo se percató de que no encajaba, que siendo tan inflexible lo único que conseguía era cerrarse puertas en todas las esferas, por lo que empezó la ardua tarea de aprender a encajar.

El cambio en busca de la mediocridad fue largo, poco a poco iba encajando mejor en lo comúnmente aceptado por la mayoría. Tras años de esfuerzo y esmero alcanzó lo que un día anhelaba, encajar con la frecuencia más frecuente. Olvidó lo que realmente quería en esta vida.


miércoles, 22 de octubre de 2014

Amanecía

Amanecía. Como cada mañana se levantaba temprano, desayunaba algo dulce y se vestía. En cuestión de media hora salía por el portal del edificio en el que vivía. Le gustaba ver a la gente de buena mañana, aunque en realidad fueran desconocidos, le agradaba ver el ajetreo de ir y venir. Para ir a su trabajo tenía que andar diez minutos, coger un bus que en media hora le dejaba en la ciudad vecina, y una vez allí andaba otros diez minutos. Los niños iban al cole, los adolescentes al instituto, los universitarios a la universidad, los trabajadores al trabajo y los ancianos de paseo.


Amanecía. Como cada mañana se levantaba tarde, tarde no... tardísimo. Se empezaba a plantear si realmente levantarse o seguir durmiendo, total... ¿para qué despertar? Se estaba mucho mejor durmiendo.


Amanecía. Como cada mañana se levantada una hora y media antes de salir de casa, necesitaba un rato de paz y tranquilidad antes de atravesar el umbral hacia la vida en sociedad. Para tener un buen día era vital un buen café y unas tostadas, de fondo algo de música y una pequeña lectura matutina de algún periódico. Cuando salía estaba radiante.


Amanecía. Como cada mañana no se levantaba hasta bien tarde, no había nada que le motivara lo suficiente como para querer pasar del estado de sueño al de vigilia. Rondando el mediodía le dolía el cuerpo de estar  tanto tiempo durmiendo, lo que le obligaba a dejar el decúbito supino y trasladarse a la bipedestación. No había ningún motivo de suficiente peso por el que salir a la calle. Albergaba en su cocina suficientes víveres como para no salir hasta dentro de siete días o más. No quería ver a nadie.


Amanecía. Como cada mañana, amanecía y se disponía a meterse en la cama. Otra noche más sin dormir cuando toca. Cuando se despertaba por la tarde se preguntaba dónde había ido a parar la mañana, incluso, dónde había ido a parar la noche anterior. Solo le quedaba la tarde. Tendría que reestructurar muchas cosas.


Amanecía. Como cada mañana se despertaba dando un brinco en la cama y se vestía en un santiamén con movimientos bruscos y veloces como si estuviera luchando contra un ser invisible que le atacara. Acto seguido, preparaba lo que iba a necesitar en un abracadabra y salía a la calle. Le gustaba desayunar en alguna cafetería, así cargaba las pilas.


Amanecía. Como cada mañana no se sabía qué ocurriría aquella mañana, lo mismo le daba por h que por i. Lo mismo dormía hasta las tantas, o lo mismo se despertaba antes de que saliera el sol, o incluso podía irse a la cama. Podía desayunar café, o un zumo, o no desayunar. Podía querer salir a la calle o tal vez no. Podía ver el sol brillar, decidir bajar la persiana o solo correr la cortina.

martes, 7 de octubre de 2014

Tara

Donde unos ven solidaridad yo veo inhumanidad. No sé, quizás sea una persona incívica y sin escrúpulos, con alguna especie de tara. ¿Hasta qué punto es solidario repatriar a ciudadanos de un país infectado por el ébola?

Me obligan a solidarizarme con ellos, constantemente, desde los informativos a numerosos periódicos. Recuerdo el día en el que en un telediario una presentadora anunciaba con regocijo que ya había sido repatriado uno de los infectados por ébola. ¿Y? ¿Por qué tengo qué solidarizarme con los repatriados? No sé por qué tengo que sentirme orgulloso de esa repatriación. Al contrario, ahí lo que yo veo es miseria. Miseria en la humanidad.

Se destinan equis recursos a una persona, argumentando que es compatriota y que se intentará lograr su futura repatriación y posterior intento de cura. ¿Por qué tengo que alegrarme de ese suceso?

¿Y los que se quedan infectados y con apenas recursos en los países que han sido castigados duramente por el ébola? ¿Quién se solidariza con ellos?

No descarto que mi tara tenga algo que ver con mi escaso, por no decir nulo, sentimiento patriota. Donde unos ven que todo va bien ya que su compatriota ha podido ser repatriado, yo veo lo mezquino de la vida.

Me pregunto cuántas personas habrían podido recibir una asistencia sanitaria más digna con el dinero invertido en las repatriaciones y todo el despliegue de recursos.

Es posible que fuera más feliz sintiéndome patriota, estando orgulloso de mi país, pensando que ha destinado los recursos posibles a ayudar a las suyos, viendo solidaridad en la inhumanidad.