martes, 25 de noviembre de 2014

Junto al romero

Era una tarde tediosa. No sabía qué hacer con mi vida. De repente miré en dirección a la estantería y se me ocurrió abrir el álbum de fotos de cuando era niño. Parecía una buena idea para evadirme del hastío. Viaje al pasado. Sonaba bien… lo tenía bastante olvidado, no había abierto aquel álbum desde hacía quince años o más.

Decidí cambiar una tarde tediosa por un viaje al pasado con sus alegrías y sus penas. Las fotos del álbum más o menos iban ordenadas cronológicamente, no pude evitar ver las fotos de cuando era bebé con la pilila al aire, a día de hoy se apodera de mí el pudor al verlas. ¿Por qué nos hacen esto de pequeños? Pasé rápidamente las primeras páginas en las que estaba con la pilila al aire y también pasé las de mi hermano. Fui a las páginas en las que nos vestían decentemente –por lo menos nos vestían–.

Había una foto que me encantaba, mi hermano y yo en el carrito. Él acostado y yo apoyado en la parte de detrás del carricoche. Vi otra en la que aparecíamos con nuestros abuelos y nuestros padres, mi hermano tenía ahí cinco años y yo seis. La calidad técnica de la foto no era muy buena, por no decir que era pésima, pero el alma me vibró al verla, la calidad emocional era inmensurable. Mi hermano aparecía con una cicatriz al estilo Harry Potter en la frente, mis padres con la vestimenta ochentera, mi abuela con la permanente y mi abuelo con su calvicie característica. Recordé el año en el que tenía seis años y mi hermano cinco… Hice un recorrido reviviendo lo que sentí y cómo percibí los acontecimientos de aquella época, a la edad tierna de seis años.

Nos pasábamos el día jugando, leyendo y peleándonos. ¡Qué tiempos! Los días daban para todo, ver los dibujos, ir al cole, hacer los deberes, leer, jugar, estar con nuestra familia, con nuestros amigos... Casi siempre estábamos en casa de mis abuelos, jugábamos, hacíamos los deberes… Mis padres trabajaban mucho y eran mis abuelos los que nos llevaban al cole y los que nos recogían. Después nos daban de comer, nos dejaban jugar y nos regañaban cuando montábamos mucho alboroto.

También nos llevaban al parque. Enloquecíamos, éramos dos bichos. Otras tardes nos llevaban de excursión al campo, donde nos pasábamos horas y horas contemplando el paisaje. Mi abuela cosía –su trabajo de toda la vida fue coser– y se dedicaba por las tarde a hacernos pantalones y camisas con retales que tenía en un baúl. Mi abuelo era calvo, de la calvicie que deja pelos en los laterales y que resulta tan cómica y entrañable.

Mis padres y mis abuelos vivían a treinta segundos, el tiempo necesario para cruzar la carretera que separaba las casas. Esos treinta segundos podían variar en función del tráfico. Muchas veces mi hermano y yo nos peleábamos, pero cuando uno se pasaba luego iba a pedirle disculpas al otro, no teníamos intención de hacer daño, solo jugar. Yo era un año y pico mayor que él, jugaba siempre con ventaja. Mi hermano era más enclenque y sabía que podía ganarle fácilmente.

Así pasaban los días, jugando, yendo al cole, haciendo los deberes, estando con la familia… en la nube de la niñez. Esos días eternos, en los que siempre descubrías algo nuevo y apasionante, donde la magia existía sin cuestionártelo. Cuando no eras consciente de las incoherencias de este mundo. ¡Qué tiempos!

Una vez al llegar a casa de mis abuelos mi hermano corrió por la entrada como un energúmeno y mis abuelos le regañaron al unísono. Al final tuvieron que ir a urgencias y ponerle doce puntos en la frente. Se había dado contra el borde de un escalón que separaba el pequeño salón del comedor. Le castigaron, pero a la semana ya estaba corriendo cada vez que entraba en casa con la energía que siempre le ha caracterizado.

La primera profesión que quiso mi hermano ser de mayor fue inventor. Se pasaba la tarde jugando con lo que pillara y cogiendo trastos que no tenían utilidad alguna, pero él se encargaba de buscársela. Muchas tardes de verano salíamos a tomar el fresco al atardecer al portal. Sacábamos sillas de casa y pasábamos ahí el rato. Como había una carretera entre las dos casas y la baldosa del portal no era muy amplia nos tenían prohibido utilizar pelotas o semejantes juguetes que se nos pudieran ir para la carretera en un despiste. 

Así que jugábamos a los coches que van para arriba y para abajo. Te explico el juego, era sencillo, pero nos entretenía y nos encantaba. Nos sentábamos en la silla al fresco y lo que teníamos justo enfrente era una carretera secundaria de doble sentido. El juego consistía en que mi hermano contaba los que iban para un sentido y yo los que iban en el otro. Uno elegía los que salían del pueblo y otro los que entraban.

Cuando la partida iba muy desigualada, por que uno contaba muchos coches y el otro pocos, ya que no podíamos controlar el tráfico, cambiábamos la dinámica. Pasábamos a contar los coches oscuros y claros independientemente del sentido y ganaba quien más coches contara.

A veces, con los grises teníamos discusión. El que iba en el equipo de los coches oscuros, lógicamente, lo veía oscuro y el que iba en el equipo de los coches blancos lo veía más blanco que negro. En esos casos necesitábamos a una persona imparcial, y nuestros padres o abuelos eran los encargados de decidir si ese color gris pertenecía al equipo de coches blancos o al de coches negros. Había más modalidades en el juego, otras veces en vez de jugar con el sentido o el color, nos fijábamos en la matrícula. La matrícula daba mucho de sí, podíamos jugar con los números, el final y principio de la matricula. Ese fue uno de nuestros juegos por excelencia de la infancia, sencillo y barato. No recuerdo tener muchos juguetes y los que teníamos los compartíamos mi hermano y yo. Utilizábamos el ingenio para divertirnos, era una buena alternativa a la falta de otros recursos.

Nos encantaba cuando llovía. Cuando paraba y salía el Sol mis abuelos nos llevaban de excursión por la rambla y el campo para coger caracoles. De camino a la rambla entonábamos la canción talismán para que los caracoles salieran:

–¡Caracol, col, col, saca los cuernos al Sol…! –nunca lo decíamos a la par, cuando uno había terminado, el otro iba entonando un «col». Lo que no sabíamos mi hermano y yo era dónde iban a parar luego los caracoles…

No solo íbamos a la rambla después de que lloviera, a veces comíamos en el campo o merendábamos por allí. Un día íbamos caminando los cuatro, mi abuela, mi abuelo, mi hermano y yo. Llevábamos unos quince minutos caminando, no sé cuál fue el motivo, si me quedé contemplando alguna piedra o algún bicho o simplemente paré para vaciar la vejiga, pero de repente me vi solo ante una bifurcación de la rambla. Entre ambos senderos había una elevación que imposibilitaba ver por qué camino habían proseguido con la marcha. No sabía qué hacer, no me acordaba de qué camino era el que solíamos coger. Corrí al de la derecha, avancé un poco por ese sendero, pero en lo que vi de ese camino no los encontré. Volví sobre mis pasos y me dirigí al camino de la izquierda. Avancé lo que consideré oportuno –para mi corta edad quince metros era una distancia prudencial para no asumir demasiados riesgos– pero tampoco los vi. Volví corriendo al inicio de la bifurcación con lágrimas en los ojos. Fueron escasos cinco minutos los que estuve solo, pero para mí aquello fue eterno. Al llegar a la bifurcación encontré a mi abuelo que estaba esperándome allí.

–¿Dónde te has metido, chiquillo?

–Me..me.. he perdido… –le contesté entre sollozos. Él se percató de que lloraba y estaba nervioso e intento tranquilizarme.

–No pasa nada, ya nos hemos encontrado. No le decimos a la abuela nada, que si no se cabrea, ¿de acuerdo? 
Yo asentí con la cabeza, pero seguía llorando.

–¿Ves esto?– dijo señalando la montañita de la bifurcación. Eso captó mi atención y dejé de llorar, pero aún hacía algunos pucheros.

–Esto que hay aquí de color verde, ¿sabes cómo se llama? –Negué con la cabeza, ya había dejado de hacer pucheros y él prosiguió– Esto es romero, ¿sabes para qué se utiliza?

–No, ¿para qué es?–ya casi no me acordaba de que me había perdido hacía tan solo unos minutos, quería saber qué era eso verde que mi abuelo me señalaba.

–El romero se utiliza para dar sabor a la comidas, cuando cocinas echas un poco de tomillo y la comida queda riquísima. Acércate más al romero, ¿es todo de color verde?– me acerqué más al romero para poder contestar a la pregunta.

–¡Oh!¡Oh!–exclamé mientras intentaba tocar el otro color que tenía el romero–¡También tiene morado! Abuelito, el romero es muy bonito.

–Ahora coge una ramita del verde.

–¿Pero… pincha?

–No, no. Tranquilo que no pincha, sin miedo muchacho. Su voz era tierna e inspiraba confianza en uno mismo. Cogí una ramita del tomillo, no me pinché y la levanté para que viera que la acababa de coger sin miedo. Él me sonrió.

–Ahora póntela en una palma de la mano, pon la otra encima y frota.

No sabía por qué tenía que hacer eso, pero obedecí.

–Ahora huélete la mano.

–¡Oh!

–Así hule el tomillo, ¿qué te parece?

–Huele muy bien –Le dije mientras sonreía.

–Si algún día vuelves a perderte en el camino, no pasa nada, nos vemos aquí, junto al romero. ¡Venga! Vamos rápido, a ver si pillamos a tu abuela y a tu hermano.

Por aquellos tiempos mi abuelo merendaba unos batidos en unos botecitos de colores, uno era rosa (fresa), otro marrón (chocolate) y amarillo (vainilla). Yo veía los botes y me llamaban mucho la atención. Estaban situados sobre la cómoda, en la parte posterior y con mi pequeña estatura era imposible conseguir uno.

Una tarde le pedí a mi abuela que me diera uno, pero ella se cabreó conmigo y me dijo que eso era del abuelo, que ni se me ocurriera.

Siempre me quedaba mirando los botes, esos colores me llamaban mucho la atención, hasta que un día se lo pedí probar a mi abuelo y él me dio uno de fresa. Estaba riquísimo. A partir de esa tarde muchas veces me daba la mitad del bote que se bebía. Probé el de fresa, el de chocolate y el de vainilla. Creo que el que más me gustaba era el de chocolate. Me confesó mi abuelo que a él no le gustaban los batidos y que no le dijera nada a nadie de que me dejaba probarlos, era un secreto entre los dos.

Los fines de semana mis padres nos llevaban a casa de una amiga suya, Antonia, que tenía un hijo un año menor que mi hermano. Nos encantaba ir allí. En esa casa había un montón de juguetes. Esa casa era el paraíso de cualquier niño, ¡había una habitación solo para juguetes!

De todo ese año, hay un par de días consecutivos que recuerdo bastante. Normalmente no se recuerdan muchas cosas de las que uno vive cuando es pequeño, pero hay cosas que se quedan guardadas para siempre en la memoria.

En uno de esos dos días que recuerdo más de lo normal, fueron a casa de mis abuelos mis tíos, mis primos y más familiares y amigos. Parecía un día de fiesta. Nos pusimos a jugar entre los primos. Fue una tarde entretenida, en la que no paraba de entrar y salir gente, media tarde fue para jugar y la otra para saludar. Hubo un momento en el trascurso de esa tarde que mis padres me llamaron para que le diera un beso a mi abuelo, en ese instante me dijo él "Se bueno" a lo que yo le contesté "Abuelito, si yo soy bueno". Seguí jugando con mi hermano y los primos. Al cabo de un rato volvieron a llamarme para volver a saludarlo. Me acerqué de nuevo a él, y le escuche: "Se bueno y pórtate bien". Mi contestación fue un "Sí, me porto bien".

Al día siguiente recuerdo que era temprano, nuestra madre nos vestía para ir al colegio. Una vez vestidos nos dijo que ese día no iríamos. Nos dijo que no había cole y que iríamos a comer a casa de Antonia, la amiga de toda la vida de mis padres, esa que tenía una habitación repleta de juguetes para su hijo. Mi hermano y yo nos emocionamos y nuestro rostro se iluminó. Salimos de casa para ir a casa de Antonia e inevitablemente vimos la casa de mis abuelos, ya que estaba justo en frente.

Pude ver en su casa muchas sillas de color marrón oscuro, cerradas, y colocadas de forma vertical en la fachada. Había visto eso antes, era pequeño, pero sabía que solo tenía que atar cabos para saber qué significaba. 

Recordé cuando había visto eso antes, mis abuelos nos llevaban al colegio y vi la misma estampa, una fachada tapizada en la parte inferior por sillas del mismo tono marrón. Sonó en mi cabeza la respuesta cuando les pregunté aquel día por qué había tantas sillas en aquella fachada, contestó mi abuela:

– «Fulanito de Tal» ahora está en el cielo.

Alguien había ido al cielo en casa de mis abuelos.

Siempre he sido muy prudente, creía saber lo que significaba, pero como mis padres no me habían dicho nada, opté por no mencionar mi deducción. Miré a mi madre, me di cuenta de que su rostro estaba triste y evitaba mirarme. Ella estaba llorando. Seguí callado. 

Una vez entendí lo que realmente pasaba, ya no tenía ganas de ir a la casa de Antonia a jugar. Mi hermano seguía entusiasmado, él no se percató de lo que ocurría. Llegamos a casa de Antonia. Fuimos a la habitación de los juguetes. No estaba su hijo, tan solo mi hermano y yo.

–¡Todos los juguetes para los dos! –gritó mi hermano nada más entrar– ¡Vamos!

Me quedé un poco más rezagado y escuché lo que le decía Antonia a mi madre:

–No te preocupes. Se pueden quedar aquí el tiempo que haga falta.

Estuvimos jugando, veía a mi hermano jugando feliz. Me resultaba raro, yo no tenía ganas. Tenía ganas de decirle que el abuelo había ido al cielo, pero no sabía cómo hacerlo, ni sabía exactamente qué sucedía cuando alguien iba allí y tampoco quería que mi hermano estuviera triste, como mis padres y yo.

Al mediodía Antonia nos hizo de comer patatas cocidas y salchichas. Puso cuatro platos en la mesa, para mi hermano, para mí, para ella y para su hijo, que acababa de llegar del colegio. Yo no tenía muchas ganas de comer. Mi hermano se cabreó porque las salchichas no eran exactamente las mismas que solía comer en casa de mis abuelos. Antonia se vio negra para que se las comiera.

No recuerdo más de ese día. Sé que a partir de ahí, de vez en cuando veía llorar a mi madre y a mi abuela. Mi hermano le hizo una pregunta a mi abuela al día siguiente de la comida en casa de Antonia, la pregunta que yo no tenía el valor de formular:

–¿Dónde está el abuelo?

 –Está en el cielo– contestó mi abuela sin poder evitar que la voz se le quebrará y se le escaparan unas lágrimas. La misma pregunta le hizo a mi madre y obtuvo la misma respuesta verbal y emotiva.

Al día siguiente mi hermano formuló la misma pregunta.

–Abuelita, ¿dónde está el abuelo?

–En el cielo hijo mío, en el cielo.

–Pero… ¿cuándo viene?– No hubo respuesta por parte de mi abuela.

Poco a poco, bajó la frecuencia de las veces que formulaba esa pregunta, tras la falta de respuesta, o respuesta como “va a quedarse allí mucho tiempo”.

Con el paso del tiempo aprendimos que el cielo era un lugar prohibido que no podíamos visitar y del que no se podía uno escapar. Ni nosotros podíamos visitar al abuelo ni el abuelo a nosotros. Pasó más tiempo y un día comprendimos el significado de la muerte. Y que el cielo del que tanto nos habían hablado no existía.


Cerré el álbum de fotos y moví la cabeza agitadamente para regresar al presente. La nostalgia se apoderó de mí. Un sentimiento agridulce, los buenos recuerdos entremezclados con los tristes. Por un lado la inocencia de la niñez y por otro la inexorable muerte.  

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