Era una tarde tediosa. No sabía qué
hacer con mi vida. De repente miré en dirección a la estantería y se me ocurrió
abrir el álbum de fotos de cuando era niño. Parecía una buena idea para
evadirme del hastío. Viaje al
pasado. Sonaba bien… lo tenía bastante olvidado, no había abierto aquel álbum
desde hacía quince años o más.
Decidí cambiar una tarde tediosa por un
viaje al pasado con sus alegrías y sus penas. Las fotos del álbum más o
menos iban ordenadas cronológicamente, no pude evitar ver las fotos de cuando
era bebé con la pilila al aire, a día de hoy se apodera de mí el pudor al
verlas. ¿Por qué nos hacen esto de pequeños? Pasé rápidamente las primeras
páginas en las que estaba con la pilila al aire y también pasé las de mi
hermano. Fui a las páginas en las que nos vestían decentemente –por lo menos
nos vestían–.
Había una foto que me encantaba, mi
hermano y yo en el carrito. Él acostado y yo apoyado en la parte de detrás
del carricoche. Vi otra en la que aparecíamos con nuestros abuelos y nuestros
padres, mi hermano tenía ahí cinco años y yo seis. La calidad técnica de la
foto no era muy buena, por no decir que era pésima, pero el alma me vibró al
verla, la calidad emocional era inmensurable. Mi hermano aparecía con una
cicatriz al estilo Harry Potter en la frente, mis padres con la vestimenta
ochentera, mi abuela con la permanente y mi abuelo con su calvicie
característica. Recordé el año en el que tenía seis años y mi hermano cinco…
Hice un recorrido reviviendo lo que sentí y cómo percibí los acontecimientos de
aquella época, a la edad tierna de seis años.
Nos pasábamos el día jugando, leyendo y
peleándonos. ¡Qué tiempos! Los días daban para todo, ver los dibujos, ir al
cole, hacer los deberes, leer, jugar, estar con nuestra familia, con nuestros amigos...
Casi siempre estábamos en casa de mis abuelos, jugábamos, hacíamos los deberes…
Mis padres trabajaban mucho y eran mis abuelos los que nos llevaban al cole y
los que nos recogían. Después nos daban de comer, nos dejaban jugar y nos
regañaban cuando montábamos mucho alboroto.
También nos llevaban al parque.
Enloquecíamos, éramos dos bichos. Otras tardes nos llevaban de excursión al
campo, donde nos pasábamos horas y horas contemplando el paisaje. Mi abuela cosía
–su trabajo de toda la vida fue coser– y se dedicaba por las tarde a hacernos
pantalones y camisas con retales que tenía en un baúl. Mi abuelo era calvo, de
la calvicie que deja pelos en los laterales y que resulta tan cómica y
entrañable.
Mis padres y mis abuelos vivían a
treinta segundos, el tiempo necesario para cruzar la carretera que separaba las
casas. Esos treinta segundos podían variar en función del tráfico. Muchas veces
mi hermano y yo nos peleábamos, pero cuando uno se pasaba luego iba a pedirle
disculpas al otro, no teníamos intención de hacer daño, solo jugar. Yo era un
año y pico mayor que él, jugaba siempre con ventaja. Mi hermano era más
enclenque y sabía que podía ganarle fácilmente.
Así pasaban los días, jugando, yendo al
cole, haciendo los deberes, estando con la familia… en la nube de la niñez.
Esos días eternos, en los que siempre descubrías algo nuevo y apasionante,
donde la magia existía sin cuestionártelo. Cuando no eras consciente de las
incoherencias de este mundo. ¡Qué tiempos!
Una vez al llegar a casa de mis abuelos
mi hermano corrió por la entrada como un energúmeno y mis abuelos le regañaron
al unísono. Al final tuvieron que ir a urgencias y ponerle doce puntos en la
frente. Se había dado contra el borde de un escalón que separaba el pequeño
salón del comedor. Le castigaron, pero a la semana ya estaba corriendo cada vez
que entraba en casa con la energía que siempre le ha caracterizado.
La primera profesión que quiso mi
hermano ser de mayor fue inventor. Se pasaba la tarde jugando con lo que pillara
y cogiendo trastos que no tenían utilidad alguna, pero él se encargaba de
buscársela. Muchas tardes de verano salíamos a tomar el fresco al atardecer al
portal. Sacábamos sillas de casa y pasábamos ahí el rato. Como había una
carretera entre las dos casas y la baldosa del portal no era muy amplia nos
tenían prohibido utilizar pelotas o semejantes juguetes que se nos pudieran ir
para la carretera en un despiste.
Así que jugábamos a los coches que van
para arriba y para abajo. Te explico el juego, era sencillo, pero nos
entretenía y nos encantaba. Nos sentábamos en la silla al fresco y lo que
teníamos justo enfrente era una carretera secundaria de doble sentido. El juego
consistía en que mi hermano contaba los que iban para un sentido y yo los que
iban en el otro. Uno elegía los que salían del pueblo y otro los que
entraban.
Cuando la partida iba muy desigualada,
por que uno contaba muchos coches y el otro pocos, ya que no podíamos
controlar el tráfico, cambiábamos la dinámica. Pasábamos a contar los coches
oscuros y claros independientemente del sentido y ganaba quien más coches
contara.
A veces, con los grises teníamos discusión.
El que iba en el equipo de los coches oscuros, lógicamente, lo veía oscuro y el
que iba en el equipo de los coches blancos lo veía más blanco que negro. En
esos casos necesitábamos a una persona imparcial, y nuestros padres o abuelos
eran los encargados de decidir si ese color gris pertenecía al equipo de coches
blancos o al de coches negros. Había más modalidades en el juego, otras veces
en vez de jugar con el sentido o el color, nos fijábamos en la matrícula. La
matrícula daba mucho de sí, podíamos jugar con los números, el final y
principio de la matricula. Ese fue uno de nuestros juegos por excelencia de la
infancia, sencillo y barato. No recuerdo tener muchos juguetes y los que
teníamos los compartíamos mi hermano y yo. Utilizábamos el ingenio para
divertirnos, era una buena alternativa a la falta de otros recursos.
Nos encantaba cuando llovía. Cuando
paraba y salía el Sol mis abuelos nos llevaban de excursión por la rambla
y el campo para coger caracoles. De camino a la rambla entonábamos la canción
talismán para que los caracoles salieran:
–¡Caracol, col, col, saca los cuernos
al Sol…! –nunca lo decíamos a la par, cuando uno había terminado, el otro iba
entonando un «col». Lo que no sabíamos mi hermano y yo era dónde iban a parar luego los caracoles…
No solo íbamos a la rambla después de
que lloviera, a veces comíamos en el campo o merendábamos por allí. Un día
íbamos caminando los cuatro, mi abuela, mi abuelo, mi hermano y yo. Llevábamos
unos quince minutos caminando, no sé cuál fue el motivo, si me quedé
contemplando alguna piedra o algún bicho o simplemente paré para vaciar la
vejiga, pero de repente me vi solo ante una bifurcación de la rambla. Entre
ambos senderos había una elevación que imposibilitaba ver por qué camino habían
proseguido con la marcha. No sabía qué hacer, no me acordaba de qué camino era
el que solíamos coger. Corrí al de la derecha, avancé un poco por ese sendero,
pero en lo que vi de ese camino no los encontré. Volví sobre mis pasos y me
dirigí al camino de la izquierda. Avancé lo que consideré oportuno –para mi
corta edad quince metros era una distancia prudencial para no asumir demasiados
riesgos– pero tampoco los vi. Volví corriendo al inicio de la bifurcación con
lágrimas en los ojos. Fueron escasos cinco minutos los que estuve solo, pero
para mí aquello fue eterno. Al llegar a la bifurcación encontré a mi abuelo que
estaba esperándome allí.
–¿Dónde te has metido, chiquillo?
–Me..me.. he perdido… –le contesté
entre sollozos. Él se percató de que lloraba y estaba nervioso e intento
tranquilizarme.
–No pasa nada, ya nos hemos encontrado.
No le decimos a la abuela nada, que si no se cabrea, ¿de acuerdo?
Yo asentí con la cabeza, pero seguía
llorando.
–¿Ves esto?– dijo señalando la
montañita de la bifurcación. Eso captó mi atención y dejé de llorar, pero aún
hacía algunos pucheros.
–Esto que hay aquí de color verde,
¿sabes cómo se llama? –Negué con la cabeza, ya había dejado de hacer pucheros y
él prosiguió– Esto es romero, ¿sabes para qué se utiliza?
–No, ¿para qué es?–ya casi no me
acordaba de que me había perdido hacía tan solo unos minutos, quería saber qué
era eso verde que mi abuelo me señalaba.
–El romero se utiliza para dar sabor a
la comidas, cuando cocinas echas un poco de tomillo y la comida queda
riquísima. Acércate más al romero, ¿es todo de color verde?– me acerqué más al romero para poder contestar a la pregunta.
–¡Oh!¡Oh!–exclamé mientras intentaba
tocar el otro color que tenía el romero–¡También tiene morado! Abuelito, el romero es muy bonito.
–Ahora coge una ramita del verde.
–¿Pero… pincha?
–No, no. Tranquilo que no pincha, sin
miedo muchacho. –Su voz era tierna e inspiraba confianza en uno mismo. Cogí una
ramita del tomillo, no me pinché y la levanté para que viera que la acababa de
coger sin miedo. Él me sonrió.
–Ahora póntela en una palma de la mano,
pon la otra encima y frota.
No sabía por qué tenía que hacer eso,
pero obedecí.
–Ahora huélete la mano.
–¡Oh!
–Así hule el tomillo, ¿qué te parece?
–Huele muy bien –Le dije mientras
sonreía.
–Si algún día vuelves a perderte en el
camino, no pasa nada, nos vemos aquí, junto al romero. ¡Venga! Vamos rápido, a ver
si pillamos a tu abuela y a tu hermano.
Por aquellos tiempos mi abuelo
merendaba unos batidos en unos botecitos de colores, uno era rosa (fresa), otro
marrón (chocolate) y amarillo (vainilla). Yo veía los botes y me llamaban mucho
la atención. Estaban situados sobre la cómoda, en la parte posterior y con mi
pequeña estatura era imposible conseguir uno.
Una tarde le pedí a mi abuela que me
diera uno, pero ella se cabreó conmigo y me dijo que eso era del abuelo, que ni
se me ocurriera.
Siempre me quedaba mirando los botes,
esos colores me llamaban mucho la atención, hasta que un día se lo pedí probar
a mi abuelo y él me dio uno de fresa. Estaba riquísimo. A partir de esa
tarde muchas veces me daba la mitad del bote que se bebía. Probé el de fresa,
el de chocolate y el de vainilla. Creo que el que más me gustaba era el de
chocolate. Me confesó mi abuelo que a él no le gustaban los batidos y que no le
dijera nada a nadie de que me dejaba probarlos, era un secreto entre los dos.
Los fines de semana mis padres nos
llevaban a casa de una amiga suya, Antonia, que tenía un hijo un año menor que
mi hermano. Nos encantaba ir allí. En esa casa había un montón de juguetes. Esa
casa era el paraíso de cualquier niño, ¡había una habitación solo para
juguetes!
De todo ese año, hay un par de días
consecutivos que recuerdo bastante. Normalmente no se recuerdan muchas cosas de
las que uno vive cuando es pequeño, pero hay cosas que se quedan guardadas para
siempre en la memoria.
En uno de esos dos días que recuerdo
más de lo normal, fueron a casa de mis abuelos mis tíos, mis primos y más
familiares y amigos. Parecía un día de fiesta. Nos pusimos a jugar entre los
primos. Fue una tarde entretenida, en la que no paraba de entrar y salir gente,
media tarde fue para jugar y la otra para saludar. Hubo un momento en el trascurso de esa tarde que mis padres me llamaron para que le diera un beso a mi abuelo, en ese instante me dijo él "Se bueno" a lo que yo le contesté "Abuelito, si yo soy bueno". Seguí jugando con mi hermano y los primos. Al cabo de un rato volvieron a llamarme para volver a saludarlo. Me acerqué de nuevo a él, y le escuche: "Se bueno y pórtate bien". Mi contestación fue un "Sí, me porto bien".
Al día siguiente recuerdo que era
temprano, nuestra madre nos vestía para ir al colegio. Una vez vestidos nos
dijo que ese día no iríamos. Nos dijo que no había cole y que iríamos a comer a
casa de Antonia, la amiga de toda la vida de mis padres, esa que tenía una
habitación repleta de juguetes para su hijo. Mi hermano y yo nos emocionamos y
nuestro rostro se iluminó. Salimos de casa para ir a casa de Antonia e
inevitablemente vimos la casa de mis abuelos, ya que estaba justo en frente.
Pude ver en su casa muchas sillas
de color marrón oscuro, cerradas, y colocadas de forma vertical en la fachada.
Había visto eso antes, era pequeño, pero sabía que solo tenía que atar cabos
para saber qué significaba.
Recordé cuando había visto eso antes,
mis abuelos nos llevaban al colegio y vi la misma estampa, una fachada tapizada
en la parte inferior por sillas del mismo tono marrón. Sonó en mi cabeza la
respuesta cuando les pregunté aquel día por qué había tantas sillas en aquella
fachada, contestó mi abuela:
– «Fulanito de Tal» ahora está en el
cielo.
Alguien había ido al cielo en casa de
mis abuelos.
Siempre he sido muy prudente, creía
saber lo que significaba, pero como mis padres no me habían dicho nada, opté
por no mencionar mi deducción. Miré a mi madre, me di cuenta de que su rostro
estaba triste y evitaba mirarme. Ella estaba llorando. Seguí callado.
Una vez entendí lo que realmente
pasaba, ya no tenía ganas de ir a la casa de Antonia a jugar. Mi hermano seguía
entusiasmado, él no se percató de lo que ocurría. Llegamos a casa de Antonia. Fuimos
a la habitación de los juguetes. No estaba su hijo, tan solo mi hermano y yo.
–¡Todos los juguetes para los dos! –gritó
mi hermano nada más entrar– ¡Vamos!
Me quedé un poco más rezagado y escuché
lo que le decía Antonia a mi madre:
–No te preocupes. Se pueden quedar aquí
el tiempo que haga falta.
Estuvimos jugando, veía a mi hermano
jugando feliz. Me resultaba raro, yo no tenía ganas. Tenía ganas de decirle que
el abuelo había ido al cielo, pero no sabía cómo hacerlo, ni sabía exactamente qué
sucedía cuando alguien iba allí y tampoco quería que mi hermano estuviera
triste, como mis padres y yo.
Al mediodía Antonia nos hizo de comer
patatas cocidas y salchichas. Puso cuatro platos en la mesa, para mi hermano,
para mí, para ella y para su hijo, que acababa de llegar del colegio. Yo no
tenía muchas ganas de comer. Mi hermano se cabreó porque
las salchichas no eran exactamente las mismas que solía comer en casa de mis
abuelos. Antonia se vio negra para que se las comiera.
No recuerdo más de ese día. Sé que a
partir de ahí, de vez en cuando veía llorar a mi madre y a mi abuela. Mi
hermano le hizo una pregunta a mi abuela al día siguiente de la comida en
casa de Antonia, la pregunta que yo no tenía el valor de formular:
–¿Dónde está el abuelo?
–Está en el cielo– contestó mi
abuela sin poder evitar que la voz se le quebrará y se le escaparan unas
lágrimas. La misma pregunta le hizo a mi madre y obtuvo la misma respuesta
verbal y emotiva.
Al día siguiente mi hermano formuló la
misma pregunta.
–Abuelita, ¿dónde está el abuelo?
–En el cielo hijo mío, en el cielo.
–Pero… ¿cuándo viene?– No hubo
respuesta por parte de mi abuela.
Poco a poco, bajó la frecuencia de las
veces que formulaba esa pregunta, tras la falta de respuesta, o respuesta como
“va a quedarse allí mucho tiempo”.
Con el paso del tiempo aprendimos que
el cielo era un lugar prohibido que no podíamos visitar y del que no se podía
uno escapar. Ni nosotros podíamos visitar al abuelo ni el abuelo a nosotros.
Pasó más tiempo y un día comprendimos el significado de la muerte. Y que el
cielo del que tanto nos habían hablado no existía.
Cerré el álbum de fotos y moví la
cabeza agitadamente para regresar al presente. La nostalgia se apoderó de mí. Un
sentimiento agridulce, los buenos recuerdos entremezclados con los tristes. Por
un lado la inocencia de la niñez y por otro la inexorable muerte.
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