Se disponía a dormir justo a media noche, justo como lo llevaba haciendo desde hace meses, sin apenas variación en la forma y en la hora. Pensó qué haría al día siguiente y la desazón apareció para mostrarle la insustancialidad de su existencia. Mañana realizaría lo mismo que hoy, que ayer, que antes de ayer, y así hasta varios meses. Sin apenas modificaciones en el itinerario de su vida.
La vida que llevaba empezaba a saturarle, horarios, hábitos y costumbres lo enjaulaban. Una reja invisible e imaginaria le impedía realizar un itinerario diferente al establecido. Sabía que él mismo era el que construía esas barreras y a su vez, quien poseía las herramientas para destruirlas. No obstante, no conseguía liberarse. Tampoco era tan sencillo, ya que esas costumbres no le incumbían a él solo, si no que iban ligadas a diferentes personas a las que no quería defraudar. Por un lado estaba el sentimiento de asfixia del que quería desprenderse y por otro lado, el de no causar dolor a terceros.
En realidad todo eran excusas para no afrontar cambios. A la persona que más defraudaba era a si mismo.
Deseaba trasladarse un tiempo a otra ciudad, romper hábitos fuertemente arraigados. De esos en los que no sabes exactamente porqué haces lo que haces pero finalmente lo haces, sin cabida a introspecciones que analicen los actos llevados acabo a lo largo del día. Unos cuantos días de esos no resultaban dañinos, pero cuando se convertían en norma, le angustiaban y le oprimían. Sentía que no era él quien controlaba el contenido de su existencia.
Lo de ir a otra ciudad lo seducía, era la opción más fácil. Pero era consciente de que tal vez le ocurriera lo mismo en esa otra ciudad, y qué decir de la ciudad de origen... Al regresar estaría todo prácticamente tan arraigado como antes. No eran tan solo sus propias raíces, se les añadía las raíces de aquel lugar. Nadie le imponía aquellos hábitos, era él quién no se sublevaba contra ellos.
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