A veces ocurre que las pesadillas se hacen realidad, y no sabes si vives en la realidad o estás a punto de despertar de un mal sueño. Tu olor se disipa. Todo mi alrededor me informa cruelmente de que no estoy soñando. Han pasado un par de semanas reales, pero la percepción del tiempo es subjetiva, se ha ralentizado, los días se eternizan con tu ausencia. No sé cómo describir el dolor, no sé localizarlo, diría que lo que me duele es el alma. Es un tipo de dolor agudo y crónico. Me duele y me seguirá doliendo. Sabía que la vida no era justa, pero para lo sucedido se queda corta esa expresión.
Científicamente es imposible que vuelvas, pero hay algo que me impide ver la cruda realidad. Mi cabeza no puede ni pensar que te has ido para siempre, el dolor se agudiza hasta hacerse insoportable.
Sé que tengo que ser fuerte, y lo seré. Pero no puedo dejar de preguntarme qué mierda de vida es esta.
Me duele mi dolor, el de nuestros padres, el de las personas que te han querido y ya no te tienen a su lado. Pero lo que más me duele eres tú. Que la puta vida te haya privado de más vida. Que ya no tengas más tiempo para lograr tus sueños, ni para deleitarnos con tu presencia.
Tengo claro que la muerte es un suceso inexorable, a todos nos llega tarde o temprano, a todos nos comerán los gusanos en el cementerio, pero eso no alivia mi dolor.
El dolor es continuo con exacerbaciones durante todo el día. El momento paroxístico del dolor es por las mañanas al despertar. Empiezo a dar vueltas por la cama, los sonidos llegan a mí debilitados, el piar de los pájaros, el sonido del tráfico, el hablar de la gente, y poco a poco van adquiriendo más fuerza. Despierto y soy consciente de que no estoy durmiendo, que es real que ya no estás aquí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario