miércoles, 22 de octubre de 2014

Amanecía

Amanecía. Como cada mañana se levantaba temprano, desayunaba algo dulce y se vestía. En cuestión de media hora salía por el portal del edificio en el que vivía. Le gustaba ver a la gente de buena mañana, aunque en realidad fueran desconocidos, le agradaba ver el ajetreo de ir y venir. Para ir a su trabajo tenía que andar diez minutos, coger un bus que en media hora le dejaba en la ciudad vecina, y una vez allí andaba otros diez minutos. Los niños iban al cole, los adolescentes al instituto, los universitarios a la universidad, los trabajadores al trabajo y los ancianos de paseo.


Amanecía. Como cada mañana se levantaba tarde, tarde no... tardísimo. Se empezaba a plantear si realmente levantarse o seguir durmiendo, total... ¿para qué despertar? Se estaba mucho mejor durmiendo.


Amanecía. Como cada mañana se levantada una hora y media antes de salir de casa, necesitaba un rato de paz y tranquilidad antes de atravesar el umbral hacia la vida en sociedad. Para tener un buen día era vital un buen café y unas tostadas, de fondo algo de música y una pequeña lectura matutina de algún periódico. Cuando salía estaba radiante.


Amanecía. Como cada mañana no se levantaba hasta bien tarde, no había nada que le motivara lo suficiente como para querer pasar del estado de sueño al de vigilia. Rondando el mediodía le dolía el cuerpo de estar  tanto tiempo durmiendo, lo que le obligaba a dejar el decúbito supino y trasladarse a la bipedestación. No había ningún motivo de suficiente peso por el que salir a la calle. Albergaba en su cocina suficientes víveres como para no salir hasta dentro de siete días o más. No quería ver a nadie.


Amanecía. Como cada mañana, amanecía y se disponía a meterse en la cama. Otra noche más sin dormir cuando toca. Cuando se despertaba por la tarde se preguntaba dónde había ido a parar la mañana, incluso, dónde había ido a parar la noche anterior. Solo le quedaba la tarde. Tendría que reestructurar muchas cosas.


Amanecía. Como cada mañana se despertaba dando un brinco en la cama y se vestía en un santiamén con movimientos bruscos y veloces como si estuviera luchando contra un ser invisible que le atacara. Acto seguido, preparaba lo que iba a necesitar en un abracadabra y salía a la calle. Le gustaba desayunar en alguna cafetería, así cargaba las pilas.


Amanecía. Como cada mañana no se sabía qué ocurriría aquella mañana, lo mismo le daba por h que por i. Lo mismo dormía hasta las tantas, o lo mismo se despertaba antes de que saliera el sol, o incluso podía irse a la cama. Podía desayunar café, o un zumo, o no desayunar. Podía querer salir a la calle o tal vez no. Podía ver el sol brillar, decidir bajar la persiana o solo correr la cortina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario