Amanecía. Como cada mañana se levantaba temprano, desayunaba algo dulce y se
vestía. En cuestión de media hora salía por el portal del edificio en el que
vivía. Le gustaba ver a la gente de buena mañana, aunque en realidad fueran
desconocidos, le agradaba ver el ajetreo de ir y venir. Para ir a su trabajo
tenía que andar diez minutos, coger un bus que en media hora le dejaba en la
ciudad vecina, y una vez allí andaba otros diez minutos. Los niños iban al
cole, los adolescentes al instituto, los universitarios a la universidad, los
trabajadores al trabajo y los ancianos de paseo.
Amanecía. Como cada mañana se levantaba tarde, tarde no... tardísimo. Se
empezaba a plantear si realmente levantarse o seguir durmiendo, total... ¿para
qué despertar? Se estaba mucho mejor durmiendo.
Amanecía. Como cada mañana se levantada una hora y media antes de salir de
casa, necesitaba un rato de paz y tranquilidad antes de atravesar el umbral
hacia la vida en sociedad. Para tener un buen día era vital un buen café y unas
tostadas, de fondo algo de música y una pequeña lectura matutina de algún
periódico. Cuando salía estaba radiante.
Amanecía. Como cada mañana no se levantaba hasta bien tarde, no había nada
que le motivara lo suficiente como para querer pasar del estado de sueño al de
vigilia. Rondando el mediodía le dolía el cuerpo de estar tanto tiempo
durmiendo, lo que le obligaba a dejar el decúbito supino y trasladarse a la
bipedestación. No había ningún motivo de suficiente peso por el que salir a la
calle. Albergaba en su cocina suficientes víveres como para no salir hasta
dentro de siete días o más. No quería ver a nadie.
Amanecía. Como cada mañana, amanecía y se disponía a meterse en la cama.
Otra noche más sin dormir cuando toca. Cuando se despertaba por la tarde se
preguntaba dónde había ido a parar la mañana, incluso, dónde había ido a parar
la noche anterior. Solo le quedaba la tarde. Tendría que reestructurar muchas
cosas.
Amanecía. Como cada mañana se
despertaba dando un brinco en la cama y se vestía en un santiamén con
movimientos bruscos y veloces como si estuviera luchando contra un ser
invisible que le atacara. Acto seguido,
preparaba lo que iba a necesitar en un abracadabra y salía a la calle. Le
gustaba desayunar en alguna cafetería, así cargaba las pilas.
Amanecía. Como cada mañana no se sabía qué ocurriría aquella mañana, lo mismo
le daba por h que por i. Lo mismo dormía hasta las tantas, o lo mismo se
despertaba antes de que saliera el sol, o incluso podía irse a la cama. Podía
desayunar café, o un zumo, o no desayunar. Podía querer salir a la calle o tal
vez no. Podía ver el sol brillar, decidir bajar la persiana o solo correr la
cortina.
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