No cuadraba. Nada de lo que los demás le decían resultaba conocido, además
quedaba de loco al desconocer los conocimientos populares. Resultaban insulsos,
mediocres y sin fuste. Pero por otro lado tenía que adaptarse.
Las ondas tenían que fusionarse para encajar, viajando a la misma velocidad,
adoptando una misma amplitud y frecuencia. El proceso de socialización requería
ser menos intransigente sin llegar a venderse del todo.
Debería dedicar muchas horas y esfuerzo para llegar a ser una persona
normal, sin ser excéntrico. Bailando el son que todos bailan. Pero ¿dónde esta
el punto medio entre la adaptación y ser marioneta? Esto ocurría siempre, con
los familiares, amigos, relaciones laborales... Buscaba un equilibrio entre
encajar mejor y no traicionarse a sí mismo.
Su objetivo sería buscar la mediocridad, lo había decidido. Hallar la
cualidad de calidad media. Intentaría no ser tan quisquilloso, pedante e
intransigente, pero sin llegar a olvidarse de lo que siempre le ha dictado su
interior. A priori parecía una tarea sencilla, pero en realidad entrañaba
serios peligros, olvidarse de lo que realmente quería.
Tenía claro que las personas cambiaban con el paso del tiempo, influenciadas
por las vivencias propias y moldeadas por la actitud con la que afrontan los
sucesos, no obstante también diferenciaba los cambios típicos con el paso del
tiempo y la prostitución del alma según sople el viento. Tener claro en que
aspectos de la vida podía ceder y en cuales no estaba dispuesto a hacerlo era
el primer paso para alcanzar el estado de equilibrio.
A veces hablaba y pocas veces eran las que los demás le hacían caso, pasaban
de él. Los demás siempre decían que era raro, que no se sabía por dónde iba a
salir. Sin embargo, para él, los raros eran los demás, tan previsibles,
con los diálogos ya formados, con las mismas conversaciones, sin apenas factor
sorpresa ni transcendencia, con las mismas inquietudes y aspiraciones. Le
apasionaban las personas peculiares, aquellas que ofrecían un punto de vista
diferente, unas inquietudes y aspiraciones hasta entonces desconocidas.
No le gustaba los eventos multitudinarios, en los que había que sonreír
mucho, si no la gente empezaba a preguntarle si se encontraba bien, esos eventos
en los que la gente pregunta cómo vas, qué haces con tu vida, si te has
echado ya novia, dónde fuiste de vacaciones el último puente...
Hace ya tiempo se percató de que no encajaba, que siendo tan inflexible lo
único que conseguía era cerrarse puertas en todas las esferas, por lo que
empezó la ardua tarea de aprender a encajar.
El cambio en busca de la mediocridad fue largo, poco a poco iba encajando
mejor en lo comúnmente aceptado por la mayoría. Tras años de esfuerzo y esmero
alcanzó lo que un día anhelaba, encajar con la frecuencia más frecuente. Olvidó
lo que realmente quería en esta vida.
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