¿Dónde estoy? Me preguntaba aturdida aún.
No paraba de dar vueltas de un lado a otro intentando despertar de una
pesadilla. Conseguí abrir los ojos, pero estaba todavía desubicada. A los pocos
segundos creí cerciorarme de que efectivamente, acaba de despertar de un mal sueño y
estaba en mi habitación. No obstante, permanecí unos cuantos minutos inmóvil en
la cama, familiarizándome con mi propia habitación y comprobando que realmente
ya estaba despierta.
Sí, acababa de despertar de la siesta y el sol alumbraba de forma generosa
la habitación, lo que ayudaba a reconocer el mobiliario y los demás enseres. Si aún estaba soñando la reproducción de los detalles era calcada a la realidad
de mi habitáculo, lo que me sugería que ya estaba despierta, ya que nunca en
mis fases rem los sueños son capaces de describir con tanto detalle los
escenarios. Poco a poco fui recuperando la frecuencia respiratoria y cardiaca
normal.
Dos ciudades se fusionaban en una, de la misma manera que los muertos y los
vivos. Todo se entremezclaba. Aparecían personajes principales y algún que otro
figurante que no sabías como había podido llegar hasta allí. Resulta
curioso cómo nuestros miedos se ven reflejados en nuestras pesadillas, a veces
de forma más explícita que otras. Los figurantes siempre me han perturbado,
personas apenas conocidas de unos vistazos que se cuelan en tus sueños o
pesadillas y te preguntas: pero... ¿tú qué haces ahí, si apenas te conozco?
Hay pesadillas antiguas y nuevas, algunas de las antiguas se marchan para no
volver, pero no siempre ocurre de esa manera. Algunas perduran más de lo que
nos gustaría, como si se hubieran alojado en nuestro ADN y formaran parte ya de
nuestro ser.
Esta última pesadilla era una mezcla de todo; personas muertas que cobran
vida y personas vivas que mueren, varios escenarios, figurantes, miedos
antiguos y nuevos...
Sentí alegría cuando vi a personas que habían expirado ya, aunque primero
fue perplejidad, ¡estaban vivas y me iba de paseo con ellas! Estuve un rato
andando por lo que parecía ser un sendero bastante transitado, y al final acabe
diciéndoles: "Os he echado de menos", "Os quiero". Lloré
de alegría.
De la alegría me trasladé al horror. Me llamaron por teléfono diciéndome que
alguien vivo al que quería estaba muerto. El pánico se apoderó de la situación.
Volaba en el sueño hacia el cuerpo, lo miraba y lo tocaba, estaba pálido y
frío. "¡No! ¡No! ¡No! ¡No!, ¡No, por favor! ¡No¡ ¡No¡ ¡No¡ ¡No¡".
Gritaba a la vez que sollozaba. Lo volví a tocar, mis pupilas estaban fijas en
las suyas, su cara no reflejaba ninguna expresión. Tenía los labios azulados.
Intentaba que despertara con zarandeos. Y gritaba, gritaba mucho. Esto no podía
ser real. "¡ No¡ ¡No¡ ¡No¡ ¡No¡ ¡No¡ esto no puede estar ocurriendo, no
por favor! ¡Tiene que ser una pesadilla¡ ¡Tiene que ser una pesadilla !¡ Esto
no puede ser real, por favor!" y como si fuera un conjuro para despertar,
cada vez lo gritaba con más fuerza hasta que por fin conseguí despertar de ese
horror.
Los sueños y pesadillas son curiosos, me alegré cuando vi a los muertos con
vida, y me hundí en la miseria cuando los vivos morían. Quizás soñé todo
aquello por que echaba de menos a los que ya no están, y por miedo de que los que
están no estén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario