Y de repente la felicidad vino sin buscarla. No era desagradable, al
contrario, resultaba plácida y lo embriagaba todo, cualquier ámbito de la vida lo transformaba. Los colores, olores, sabores, texturas, sonidos adquirían
una intensidad inimaginable hasta ese momento.
Ya no formulaba preguntas sin respuestas ¿por qué? ¿para qué? ¿qué fue antes, la gallina o el
huevo? Esas preguntas empezaron a permanecer en una segunda línea, ya no era
necesario intentar hallar una respuesta coherente a todo lo que le rodeaba.
Sí, prácticamente de un día para otro, sin ser consciente de ello, se
convirtió en una persona entre comillas normal. No sentía la necesidad de
analizar todo lo que le rodeaba de forma enfermiza, aprendió sin prácticamente
esfuerzo a disfrutar. La anhedonia quedó en el pasado casi en un abrir y cerrar
de ojos.
Disfrutaba de las pequeñas cosas, simplemente, dejándose llevar. No estaba
mal, para qué engañarse, vivía en el presente, disfrutando de las cosas buenas
lo máximo posible, casi exprimiéndolas, y los sucesos no tan favorables los
afrontaba teniendo presente el siguiente axioma; que el presente más rápido de
lo que parece se convierte en parte del pasado.
Para ser sinceros, la felicidad era un ritmo de vida que podía llevarse a
cabo sin demasiada dificultad teniendo las necesidades básicas de la pirámide
de Maslow cubiertas... pero él no había nacido para ser feliz.
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