Comenzaba el otoño oficialmente, un día grisáceo amaneció para que quedara
constancia de que así era. A media tarde, por el sur el cielo estaba negro y por el norte grisáceo, con alguna pequeña aparición del sol momentánea. Tan solo
se escuchaba el tráfico y de repente la lluvia comenzó a bañarlo todo con
bastante estruendo. Pasó de no caer una gota a prácticamente diluviar. Al cabo
de media hora apenas caían pequeñas gotas y las goteras de los tejados. Ese
momento era idóneo para pasear.
Salí a la calle, noté la brisa fresca como se deslizaba entremezclada con gotas que todavía caían. Era de agradecer la espontaneidad de las mismas,
esas pequeñas gotas inconstantes e impredecibles que refrescaban aún más al
mojar levemente la piel y la ropa. Sí, eran de agradecer, exceptuando el
goterón que cayó en mi ojo que hizo que diera un brinco y me cegara durante
unos segundos.
El olor a lluvia me embriagaba, me hacía sentir vivo. Continué andando, el
asfalto estaba bastante mojado. Con las prisas de salir tras la lluvia, cual
caracol, se me olvidó que los neumáticos que llevaba, también llamados
zapatillas, no eran apropiados para la lluvia, en seco iban de lujo, pero con
las aceras mojadas la probabilidad de que cayera al suelo era bastante alta. Sin embargo estaba dispuesto a asumir el riesgo de alguna que otra caída. De
hecho, en tres ocasiones fui consciente de que mis pies se deslizaban velozmente
sin mi consentimiento y en la última de ellas, perdí el control de la
posición erguida y en un intento de recuperar el equilibrio solté una
onomatopeya audible pero ininteligible de la que algún que otro transeúnte se
percató y emitió una pequeña carcajada, breve, pero audible.
Al final no caí, la onomatopeya emitida desde las profundidades fue
vital para recuperar el equilibrio, pero si hubiera caído no sería ni la
primera ni la última persona a la que le ocurriría tal desgracia. Son cosas que
pasan. Después de ver peligrar mi integridad física aminoré la velocidad, no me
apetecía demasiado llegar a casa lesionado.
El otoño había llegado, se podía sentir cómo un suave y cálido frío se
adentraba en todos los espacios invitando a la gente a empezar a abrigarse. El
sol ya no se dejaría ver tanto.
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