martes, 23 de septiembre de 2014

Otoño

Comenzaba el otoño oficialmente, un día grisáceo amaneció para que quedara constancia de que así era. A media tarde, por el sur el cielo estaba negro y por el norte grisáceo, con alguna pequeña aparición del sol momentánea. Tan solo se escuchaba el tráfico y de repente la lluvia comenzó a bañarlo todo con bastante estruendo. Pasó de no caer una gota a prácticamente diluviar. Al cabo de media hora apenas caían pequeñas gotas y las goteras de los tejados. Ese momento era idóneo para pasear.

Salí a la calle, noté la brisa fresca como se deslizaba entremezclada con gotas que todavía caían. Era de agradecer la espontaneidad de las mismas, esas pequeñas gotas inconstantes e impredecibles que refrescaban aún más al mojar levemente la piel y la ropa. Sí, eran de agradecer, exceptuando el goterón que cayó en mi ojo que hizo que diera un brinco y me cegara durante unos segundos.

El olor a lluvia me embriagaba, me hacía sentir vivo. Continué andando, el asfalto estaba bastante mojado. Con las prisas de salir tras la lluvia, cual caracol, se me olvidó que los neumáticos que llevaba, también llamados zapatillas, no eran apropiados para la lluvia, en seco iban de lujo, pero con las aceras mojadas la probabilidad de que cayera al suelo era bastante alta. Sin embargo estaba dispuesto a asumir el riesgo de alguna que otra caída. De hecho, en tres ocasiones fui consciente de que mis pies se deslizaban velozmente sin mi consentimiento y en la última de ellas, perdí el control de la posición erguida y en un intento de recuperar el equilibrio solté una onomatopeya audible pero ininteligible de la que algún que otro transeúnte se percató y emitió una pequeña carcajada, breve, pero audible.

Al final no caí, la onomatopeya emitida desde las profundidades fue vital para recuperar el equilibrio, pero si hubiera caído no sería ni la primera ni la última persona a la que le ocurriría tal desgracia. Son cosas que pasan. Después de ver peligrar mi integridad física aminoré la velocidad, no me apetecía demasiado llegar a casa lesionado.

El otoño había llegado, se podía sentir cómo un suave y cálido frío se adentraba en todos los espacios invitando a la gente a empezar a abrigarse. El sol ya no se dejaría ver tanto. 

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