Otra vez allí estaba con la maleta a punto de introducirla en el maletero
del autobús, fue de los primeros en hacerlo y aún quedaban por lo menos diez
personas, así que existía tiempo para una breve despedida, que fueron dos besos
y un intento de abrazo breve.
Las puertas del autobús se cerraron cuando se disponía a sentarse en el
lugar que le había sido asignado al comprar el billete, plaza 26, ventanilla.
Al mirar hacia fuera sus ojos fueron en busca de las personas de las que se
acababa de despedir, no sabía si seguirían allí o si por el contrario se habrían
marchado ya, una vez confirmado el contacto visual levantó la mano y la movió
sin mucho entusiasmo, con un gesto triste intentó esbozar una efímera sonrisa
que desapareció rápidamente. Siguió con la mano levantada hasta perderlos de
vista mientras el conductor abandonaba la estación para proseguir con el viaje.
Le embriagaba un sentimiento agridulce, mezcla de tristeza y alegría, de
relajación y excitación, de calma y ansiedad, bienestar y malestar...
Comenzaba el viaje hacia otro lugar, un viaje físico y mental, el conductor
era el responsable de que su escuálido cuerpo viajara de forma física y las
famosas musarañas se encargaban del viaje mental.
La ciudad ya quedaba atrás, por la ventana acababa de ver la indicación de
desvío a la autovía. El autobús aceleró para incorporarse a la nueva vía, al
igual que él, ambos empezaron a acelerar.Se preguntaba por qué echaba de menos a esas personas de las que se había despedido
hacia escasos cinco minutos, y por qué no era capaz de mostrar un poco más de
cariño o por lo menos poder dedicarles unas cuantas palabras bonitas. En
realidad sabía perfectamente que ese nunca fue su fuerte. El contacto con otros
y la demostración de afecto le oprimían el tórax.
Nacio una pequeña lagrima en cada
ojo, una de ellas no avanzó mucho y la otra antes de que le recorriera
la mitad de la cara desapareció con un movimiento rápido de manos para frotarse
los ojos mientras bostezaba para disimular. Les echaría de menos.
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