Hay situaciones en las que todo se paraliza, donde los pilares que forman nuestra vida caen uno tras otro, quedando solo ruinas. Algo sucede, y sabes que ya nada volverá a ser igual. Diferentes caminos hay para afrontarlo, vivir entre las ruinas o intentar reconstruir esos pilares en la medida de lo posible. Carlos había apostado por vivir intensamente el tiempo que le quedaba. No entraba en sus planes estar alicaído, ni malhumorado ni dándole poder a la tristeza. Eso, no era vida. Tampoco iba a estar preguntándose por qué a él, por qué ahora, ni qué había hecho para merecer aquello.
Una sensación extraña le invadía por dentro, a la par que lo hacia la metástasis. Desconocía cuanto tiempo le quedaría, los médicos le habían dicho que su esperanza de vida podría oscilar desde unos pocos meses a alrededor de un año. Se iría de este mundo mucho antes de lo que estipulaba la esperanza de vida media de su país desarrollado. ¿Pero acaso una vida plena se mide por una estancia más longeva? Claro que le gustaría estar más tiempo, pero sabía que la vida no solo se media en segundos transcurridos.
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