domingo, 25 de agosto de 2013

Conservas



      Eran las seis de la tarde de un verano muy caluroso, pero en aquel cortijo corría un airecito muy fresco que llegaba hasta el alma y lo depuraba de las toxinas que se acumulaban en él. Se respiraba paz en aquel lugar alejado de los ruidos cotidianos de la ciudad, se oía el piar de los pájaros, los ladridos de los perros, el cacareo de las gallinas… se escuchaba perfectamente, sin el rugir de los vehículos a motor ni el bullicio de las multitudes.


      Alrededor de la casita se hallaba el huerto, justo en la parte izquierda, no era muy extenso, pero proporcionaba víveres y entretenimiento más que suficientes. En unos cuarenta metros cuadrados había pimientos rojos, verdes y picantes, cebollas, berenjenas, calabacines, calabazas, alcachofas, sandías, melones de piel de sapo, tomateras de pera, cherry...  y rodeando el huerto y la casita de campo, numerosos olivos de un verde espléndido, que además, a esa hora, proporcionaban bastante sombra. Sombra que aprovechaban los perros para refugiarse del sol, después de corretear por toda la extensión del cortijo y más allá. Coco tenía tan solo dos meses, correteaba por el campo con el rabillo agitado todo el tiempo. También corrían Princesa y Careto. Princesa era preciosa y muy enérgica, Careto no cumplía con los cánones de belleza canina, de ahí su nombre.


     Lucía había quedado esa tarde con sus amigas de toda la vida para hacer conservas, así que nada más llegar, el grupo de cinco muchachas de veinte años, unos cuantos años arriba, unos cuantos abajo, se puso  manos a la obra a recoger pimientos, tomates, calabacines y berenjenas. Se dirigieron a la cocina de la casita a lavar y cortar lo recogido. Una vez todo cortado lo vertieron en un recipiente muy grande a fuego lento durante media hora, y añadieron la sal y el aceite pertinentes para lograr una salsa casera perfecta. En unos botes bien limpios, con la ayuda de un cucharón, introdujeron con esmero el sofrito, taparon bien los botes y los dejaron al baño maría casi media hora. Llegaron a llenar más de veinte botes. 


     Una vez terminada la tarea de las conservas, se sentaron en la sombra apoyándose en la fachada de la casa. Cataron, de los restos del recipiente grande donde lo habían cocinado, el sofrito acompañado de unos trozos de pan. Esa tarde, el grupo de chicas no había hablado mucho, veían corretear a Coco  de un lado para otro, disfrutaban del fresquito  y la paz. Eran las nueve, habían trascurrido las horas muy rápido preparando las conservas. En esas tres horas desconectaron completamente  de los problemas y ansiedades que a cada una le atosigaban. Pararon el tiempo. No solían ir al cortijo, pero comentaron entre ellas volver a ir cuando tuvieran ocasión.


     Seguían sentadas en la fachada, podrían haber estado horas y horas sin moverse, viendo a Coco, Princesa y Careto corretear, escuchando esos sonidos que tranquilizaban los demonios que se hospedan en el interior de las almas. Sabían que quedarían pocas tardes como esa, el verano llegaba a su fin, y pronto cada una tomaría una dirección diferente.

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