Eran las seis de la tarde de un verano
muy caluroso, pero en aquel cortijo corría un airecito muy fresco que llegaba
hasta el alma y lo depuraba de las toxinas que se acumulaban en él. Se respiraba paz en aquel lugar alejado de
los ruidos cotidianos de la ciudad, se oía el piar de los pájaros, los ladridos
de los perros, el cacareo de las gallinas… se escuchaba perfectamente, sin el
rugir de los vehículos a motor ni el bullicio de las multitudes.
Alrededor de la casita se hallaba el
huerto, justo en la parte izquierda, no era muy extenso, pero proporcionaba
víveres y entretenimiento más que suficientes. En unos cuarenta metros cuadrados
había pimientos rojos, verdes y picantes, cebollas, berenjenas, calabacines, calabazas,
alcachofas, sandías, melones de piel de sapo, tomateras de pera, cherry... y rodeando el huerto y la casita de campo,
numerosos olivos de un verde espléndido, que además, a esa hora, proporcionaban
bastante sombra. Sombra que aprovechaban los perros para refugiarse del sol,
después de corretear por toda la extensión del cortijo y más allá. Coco tenía
tan solo dos meses, correteaba por el campo con el rabillo agitado todo el
tiempo. También corrían Princesa y Careto. Princesa era preciosa y muy
enérgica, Careto no cumplía con los cánones de belleza canina, de ahí su
nombre.
Lucía había quedado esa tarde con sus
amigas de toda la vida para hacer conservas, así que nada más llegar, el grupo
de cinco muchachas de veinte años, unos cuantos años arriba, unos cuantos abajo,
se puso manos a la obra a recoger
pimientos, tomates, calabacines y berenjenas. Se dirigieron a la cocina de la
casita a lavar y cortar lo recogido. Una vez todo cortado lo vertieron en un
recipiente muy grande a fuego lento durante media hora, y añadieron la sal y el
aceite pertinentes para lograr una salsa casera perfecta. En unos botes bien limpios, con la ayuda de
un cucharón, introdujeron con esmero el sofrito, taparon bien los botes y los dejaron
al baño maría casi media hora. Llegaron a llenar más de veinte botes.
Una vez terminada la tarea de las conservas,
se sentaron en la sombra apoyándose en la fachada de la casa. Cataron, de los
restos del recipiente grande donde lo habían cocinado, el sofrito acompañado de
unos trozos de pan. Esa tarde, el grupo de chicas no había hablado mucho, veían
corretear a Coco de un lado para otro,
disfrutaban del fresquito y la paz. Eran
las nueve, habían trascurrido las horas muy rápido preparando las conservas. En
esas tres horas desconectaron completamente
de los problemas y ansiedades que a cada una le atosigaban. Pararon el
tiempo. No solían ir al cortijo, pero comentaron entre ellas volver a ir cuando
tuvieran ocasión.
Seguían sentadas en la fachada, podrían haber estado
horas y horas sin moverse, viendo a Coco, Princesa y Careto corretear,
escuchando esos sonidos que tranquilizaban los demonios que se hospedan en el interior de las almas.
Sabían que quedarían pocas tardes como esa, el verano llegaba a su fin, y
pronto cada una tomaría una dirección diferente.
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